El aire en la antigua villa de los Kyriakos en las colinas de Lombardía olía a humedad, a piedra milenaria y al perfume acre de los tronos que se desmoronaban bajo el peso de nuestras decisiones. A través de los ventanales de la galería principal, la niebla de Milán se extendía como una red gris que envolvía los cipreses, un sudario perfecto para el entierro definitivo de la influencia de los Saboya. Llevaba puesto un vestido de terciopelo negro, ajustado y sobrio, pero con una abertura lateral