La niebla sobre el Golfo de Nápoles se adhería a la piel como una mortaja de sal y queroseno. Eran las once y cincuenta de la noche. El muelle número cuatro, abandonado por las compañías navieras tras los últimos sabotajes de la Bratva, se había convertido en un cementerio de contenedores de acero y silencio. Mavros y yo esperábamos en el interior de un contenedor vacío, adaptado como centro de mando táctico. El olor a óxido y a humedad me quemaba los pulmones, pero mi mente estaba fría, tallad