El puerto de El Pireo no dormía. A las cuatro de la mañana, el aire de Atenas era una mezcla espesa de gasóleo, pescado podrido y el salitre del mar que golpeaba los cascos de los buques de carga. Mavros me había sacado de la cama de un tirón, sin permitir que Elpida me ayudara. Él mismo me había arrojado un vestido de seda negro, ajustado como una armadura, y me había obligado a calzarme unos tacones que gritaban "presa fácil" en un suelo de hormigón y grasa.
Mis manos, aún envueltas en gasas