El rugido del motor de la avioneta era un zumbido constante, una vibración que se me metía en los huesos mientras observaba cómo la silueta de la capital se desvanecía tras una cortina de nubes grises. A mi lado, Mateo descansaba con la cabeza apoyada en la ventanilla, su rostro todavía pálido por la pérdida de sangre y el esfuerzo sobrehumano de las últimas horas, pero con una expresión de paz que solo el cansancio extremo puede otorgar. Dejábamos atrás el fuego del puerto, el eco de los grito