El salitre me quemaba los labios y el viento rugía con una furia que parecía querer arrancarme los pensamientos. Estábamos a bordo de una barcaza de madera vieja, una cáscara de nuez bautizada como La Promesa que crujía ante cada embate del oleaje, alejándonos de la paz efímera de la Isla de las Sombras. Cora nos había despedido en silencio, entregándonos un par de impermeables amarillos y una radio de onda corta que, en ese momento, solo emitía estática y malas noticias.
Mateo estaba sentado