El estruendo no fue un solo golpe seco, sino una serie de detonaciones encadenadas que sacudieron los cimientos del almacén, haciendo que el cristal del tragaluz bajo mis pies estallara en mil pedazos. El aire, que un segundo antes era frío y salino, se convirtió en una bofetada de calor asfixiante que me lanzó hacia atrás, mientras una columna de fuego naranja y azul se elevaba desde el corazón del edificio. Los servidores espejo, el último aliento del Proyecto Meridiano, estaban siendo devora