El frío de la montaña se despedía de nosotros con una neblina densa, una cortina blanca que abrazaba la cabaña de mi padre como si no quisiera dejarnos partir. Apagué la última brasa de la chimenea, sintiendo una punzada de nostalgia por aquel refugio de madera donde, por unos días, el miedo se había quedado afuera. Mateo me esperaba junto a la puerta, cargando los bolsos con el diario y los documentos, con esa postura alerta que nunca lo abandonaba, aunque su mirada sobre mí seguía siendo suav