El aire de la montaña era distinto al de la costa, más puro y afilado, un frío que se sentía como una caricia helada después de tanto fuego y salitre. Habíamos dejado el mar atrás, cambiando el rugido de los motores por el susurro de los pinos y el crujir de las ramas bajo las ruedas del viejo todoterreno que rescatamos en un pueblo fronterizo. Subimos por senderos que apenas figuraban en los mapas, ascendiendo hacia las nubes, hasta que finalmente la vimos. La cabaña estaba oculta en una lader