CAPITULO 30

La oscuridad del bosque no era como la de la ciudad, aquí el negro era absoluto, una masa densa que parecía tragarse el sonido de nuestras pisadas sobre las hojas secas. El aire frío me quemaba los pulmones mientras corría detrás de Mateo, sintiendo el latido de mi corazón como un tambor frenético que resonaba en mis oídos. Detrás de nosotros, el zumbido de las hélices del helicóptero se hizo más agudo, más cercano, hasta que una luz blanca y cegadora barrió las copas de los pinos, convirtiendo
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