El frío de la madrugada en la terminal de autobuses se me colaba por las costuras del abrigo prestado, recordándome que, aunque Santiago ya no me tuviera bajo llave, el mundo seguía siendo un lugar inhóspito. Mateo caminaba a mi lado, cojeando ligeramente pero con una firmeza que me hacía sentir que, mientras estuviera cerca, el suelo no se abriría bajo mis pies. Habíamos dejado atrás la comisaría, los flashes de los periodistas y el rastro de sangre de los Hidalgo, ahora solo éramos dos sombra