CAPÍTULO 4

La medianoche cae sobre la fortificación con una densidad que deforma los contornos de las torres de guardia. El aire no se mueve; se asienta en el patio de armas con el peso de la humedad estancada y un olor persistente a caliza vieja. Joseline no logra conciliar el sueño. En el colchón de pieles, su cuerpo experimenta la fiebre del nexo como un oleaje intermitente. Sus venas, ensanchadas por la asimilación del rastro de la Tríada, laten contra la almohada con una frecuencia metálica que le satura los oídos. Es la premonición biológica, el aviso de los receptores Omega antes de que el peligro sea visible para los ojos humanos.

Un alarido desgarra la quietud del ala norte. No es el grito articulado de un centinela ni el rugido de orden de un Alfa de la guardia; es un chillido agudo, roto, que arrastra el sonido de cartílagos desgarrados y metal que cede bajo una presión hidráulica.

Joseline se sienta de golpe en el lecho. La vibración en su nuca se transforma en una punzada eléctrica. Antes de que pueda alcanzar sus botas, la puerta de roble de la cámara cede hacia adentro con un estallido que arranca las bisagras de la mampostería.

El Alfa de la sonrisa peligrosa entra en la habitación. Su elegancia habitual ha desaparecido; tiene el labio partido por un impacto reciente y los ojos inyectados en sangre, fijos en ella con una furia química que satura el ambiente de un aroma a pólvora y sudor agrio.

—La red periférica cayó —dice el hombre, tomándola de la muñeca con una fuerza que le amorata la piel de inmediato—. Nos tienen cercados. Movéte.

El pasillo es un túnel de ruido caótico. El eco de las detonaciones de armas de corto alcance se mezcla con el crujido de los huesos al quebrarse contra el suelo de granito. Joseline corre descalza detrás del Alfa, sintiendo el frío cortante de las lajas bajo las plantas de los pies y el impacto de las salpicaduras de agua de condensación que bajan de los techos. Su ritmo cardíaco está fuera de control, golpeándole las costillas con la violencia de un pistón suelto.

Al salir a la galería superior que domina el patio central, la realidad del ataque la obliga a frenar. El patio es una fosa de carnicería. Los invasores no usan uniformes de las casas del sur; son los subproductos de los laboratorios de hibridación biológica, especímenes Beta degradados mediante hormonas de crecimiento sintéticas hasta convertirlos en masas de músculo hipertrofiado y garras de queratina que raspan las losas con un sonido mecánico. Sus ojos carecen de pupilas, sustituidas por una película lechosa que refleja las antorchas con un brillo opaco y enfermo.

Los guerreros de la Tríada combaten en formación cerrada, pero la superioridad numérica de los híbridos empieza a desgastar el perímetro. En el centro del caos, el líder derriba a una de las bestias aplastándole la laringe con el talón de la bota, mientras su aroma a ozono se esparce como una capa de gas que intenta ralentizar los reflejos de los atacantes. El Alfa más joven mantiene la posición en el umbral de la armería, con el antebrazo izquierdo cubierto de sangre ajena y los dientes apretados en un gesto de esfuerzo estático.

Joseline se apoya contra la baranda de piedra, paralizada por el choque de frecuencias que satura el aire. El pánico le bloquea la glotis. Uno de los híbridos, con el torso cruzado por cicatrices de sutura industrial, levanta la cabeza hacia la galería. El rastro de la Omega madura llega a sus receptores dañados y el espécimen emite un silbido agudo, saltando sobre los escalones de piedra con la velocidad de un depredador que localiza una presa sin defensas.

La distancia se reduce a tres metros. Joseline ve la grasa que cubre los dientes de la criatura y el olor a azufre de su aliento le golpea el rostro. En ese milisegundo, la presión en su pecho se rompe. No hay una decisión consciente de luchar; es la autodefensa del nexo que utiliza su sistema nervioso como un conductor de energía.

La temperatura de sus manos se eleva por encima del punto de ebullición. Cuando levanta los brazos en un gesto ciego de protección, la vasodilatación de sus palmas produce una eyección térmica violenta, una masa de aire supercalentado por la combustión de sus propias reservas de glucógeno que golpea al híbrido en pleno vuelo. La criatura no se quema con fuego místico; se carboniza por el impacto de una onda de calor que le evapora el agua de los tejidos en una fracción de segundo. El olor a carne quemada y a pelo chamuscado llena la galería, provocando que Joseline caiga de rodillas, con las palmas de las manos en carne viva y la piel de los dedos cuarteada por el esfuerzo térmico.

El combate en el patio experimenta una pausa de un segundo. Las jaurías enemigas perciben la firma térmica de la Reina y retroceden de manera instintiva, midiendo la nueva amenaza.

—¡El nexo está activo! —grita uno de los ancianos del Consejo desde el búnker de la galería opuesta, con la voz rota por el asombro—. ¡Aseguren el perímetro de la Omega!

Los atacantes sobrevivientes no huyen; reorganizan la línea de asalto con una fijeza que confirma la sospecha de la Tríada. No han venido a saquear los depósitos de armas ni a reclamar el control de los pozos de agua; el objetivo de la incursión es la remoción física del estabilizador del norte.

El líder llega hasta ella con tres zancadas, la levanta del suelo por el abrigo y la empuja hacia el interior del ala residencial, mientras los guardias supervivientes cierran las puertas de hierro detrás de ellos.

—Saben el nivel de pureza que tenés —gruñe el hombre, y el calor de su respiración le da en la cara, mezclado con el olor a hierro del patio—. Esto no fue un reconocimiento. Es una orden de exterminio directo. Si te quedás en las calles una semana más, tu cabeza termina en una pica en la frontera del sur.

El amanecer encuentra a la fortaleza en un estado de parálisis administrativa. El patio central es un depósito de cenizas grises y charcos de fluido corporal que los sirvientes remueven con palas de hierro y mangueras a presión. Joseline permanece sentada en el escalón de la fuente interna, con las manos envueltas en vendas de lino impregnadas en grasa de vaselina para calmar la quemadura de la descarga térmica.

El Alfa más joven se acerca con un cuenco de caldo espeso. Sus movimientos son lentos, evidenciando el desgaste físico de una noche de combate biológico. Se sienta a su lado, manteniendo una distancia que permite que sus aromas se mezclen sin resultar invasivos.

—La descarga de anoche salvó la puerta de la armería —dice, dejando el cuenco sobre la piedra—. Si ellos entraban ahí, las milicias no hubieran tenido munición para contener la segunda oleada. Tu cuerpo reaccionó antes que nuestros reflejos.

Joseline mira las vendas blancas que le cubren los dedos. El dolor es un pulso constante que le recuerda que su fragilidad física no ha desaparecido bajo el título de Reina.

—No quiero ser esto —su voz es un hilo plano, desprovisto de la épica que los Alfas buscan en sus registros—. No soy un lanzallamas para sus guerras de distritos. Quiero mi bolsa, mis libros y el portal del banco. Ahí nadie intentaba arrancarme la piel con las garras.

El joven la observa con una gravedad que prescinde de las consignas del Consejo.

—La chica del portal murió en el momento en que entraste al callejón, Joseline. El sur no te busca por lo que hacés; te busca por lo que sos. Eres el nexo. Tu existencia es una declaración de guerra para ellos porque tu presencia nos permite organizarnos sin matarnos entre nosotros. Si intentás volver a la calle, te van a cazar en tres horas. Tu única libertad ahora es elegir quién te cuida las espaldas mientras quemás a los que vienen a buscarte.

Los tres días siguientes transforman la fortaleza en una prisión de máxima seguridad. Los pasillos son patrullados por binomios de Alfas con perros de rastro, y el acceso a los niveles inferiores queda restringido mediante códigos biométricos. Joseline pasa las horas encerrada en el ala residencial, rodeada de lujos que le resultan ajenos y de una vigilancia que no distingue el cuidado del cautiverio.

El líder de la Tríada entra en su despacho por las tardes para revisar los informes de fronteras, manteniendo una actitud de una rigidez militar que desgasta los nervios de la joven.

—El confinamiento no es negociable —dice el hombre, sin levantar la vista de las pantallas táctiles donde se muestran los mapas de calor de los distritos colindantes—. Cada salida tuya al patio requiere un despliegue de cuatro hombres armados. Sos el objetivo principal de la región.

Joseline se pone de pie, enfrentándolo desde el otro lado del escritorio de roble. Sus puños vendados se apoyan en la madera.

—Me están usando de carnada —dice, con la voz temblando de rabia—. Me sacaron de la miseria para meterme en una caja de piedra más grande. No soy un objeto de su propiedad.

El líder se levanta lentamente. Su presencia masiva anula la distancia entre ambos, y su aroma a ozono se vuelve pesado, una advertencia de dominancia que obliga a Joseline a tensar los músculos de la nuca para no retroceder. El hombre se inclina sobre ella, fijando sus ojos ambarinos en los de la joven con una intensidad que le corta la respiración.

—No eres un objeto, Joseline. Eres la estructura que evita que este edificio se caiga sobre nuestras cabezas. Si te matan, la Tríada entra en colapso hormonal en cuarenta y ocho horas y los distritos bajos van a ser arrasados por las milicias del sur. Tu seguridad no es un favor que te hacemos; es la ley de supervivencia de tres millones de personas. Acostumbráte al encierro porque es lo único que te mantiene con aire en los pulmones.

La cercanía física del hombre es tan alta que Joseline puede sentir el calor que irradia su pecho a través de la túnica de paño. La humillación de su dependencia biológica la hace temblar, pero debajo de ese rechazo, sus glándulas exigen la proximidad del Alfa para estabilizar la fiebre que todavía le recorre los brazos. Aparta la vista con un movimiento brusco, saliendo del despacho antes de que su propio cuerpo la obligue a ceder.

La noche del cuarto día trae una tregua climática. El cielo se despeja de nubes, dejando que la luz de la luna llena caiga sobre el patio de armas con un resplandor de mercurio. Incapaz de soportar el aire viciado de su cámara, Joseline sale al patio central, burlando la vigilancia de la primera línea de la guardia. El suelo de piedra está limpio de las cenizas del ataque, pero las marcas de las garras en los muros permanecen como un relieve áspero.

El Alfa más joven la encuentra cerca de la fuente. Su aproximación es silenciosa, pero su rastro a tierra mojada lo delata antes de que sus botas toquen el granito del patio.

—El aire de la noche ayuda a bajar la temperatura de las quemaduras —dice en voz baja, deteniéndose a un metro de ella.

Joseline lo mira de reojo. Por primera vez, deja que la rigidez de su postura ceda un poco, apoyando los hombros contra el borde de la fuente de piedra.

—No sé si mi cuerpo va a aguantar otra descarga como la de la otra noche —confiesa, y su susurro se pierde en el rumor del agua—. Siento que me estoy consumiendo por dentro. Todos ustedes esperan que sea una reina de manual, pero yo solo sé cómo buscar comida en la basura y cómo esquivar a la policía. No tengo nada más adentro.

El joven extiende la mano derecha y, con una lentitud que le permite a ella retirarse si lo desea, le roza la mejilla con las yemas de los dedos. El contacto produce una vibración sutil, un relámpago hormonal que calma el pulso de la Omega de inmediato. El calor que se genera entre ambos no es místico; es la respuesta química del nexo que reconoce al protector.

—El barro de la calle es lo que te dio la resistencia para no morir en la cripta, Joseline —dice el hombre, y sus ojos oscuros reflejan la luz de la luna con una fijeza devota—. Las Omegas de linaje real habrían entrado en shock cardíaco en los primeros cinco minutos del pacto. Vos sobreviviste porque sabés lo que es pelear por el aire. El fuego no es una condena; es tu defensa.

Antes de que Joseline pueda procesar la cercanía del joven, una vibración pesada altera el equilibrio del patio. Las feromonas de la Tríada se cruzan en el aire con la violencia de dos corrientes de aire opuestas.

—Tené cuidado con las proximidades, hermano —la voz del Alfa de la sonrisa peligrosa llega desde la sombra de la arcada oeste. Su silueta se recorta contra la luz de la luna mientras avanza con las manos en los bolsillos—. El nexo pertenece a los tres, y las fluctuaciones de exclusividad nos ponen de mal humor a todos.

El hombre de cabello oscuro se detiene al otro lado de la fuente, observando las vendas de Joseline con una mirada que mezcla la anticipación del peligro con una tensión biológica inconfundible.

—La tentación de monopolizar el ancla nos va a terminar matando antes de que el sur llegue a las puertas —añade, y su sonrisa pierde toda amabilidad, mostrando los dientes apretados por el esfuerzo de la contención—. La fiebre de la Reina es contagiosa, pequeña. Y nosotros no somos santos de altar; somos los perros que muerden.

Joseline da un paso atrás, interrumpiendo el contacto físico con el más joven. El espacio entre los tres hombres se vuelve un campo de fuerza invisible donde el deseo, el instinto de dominación y la necesidad de protección se mezclan en una masa sofocante. Comprende entonces que la verdadera amenaza para su cordura no viene de las bestias con garras que asaltan los muros; viene de los tres depredadores que comparten su sangre y cuya atracción mutua puede transformarse en un incendio que destruya la fortaleza desde adentro.

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