La lluvia no cae; se ensaña. Golpea el asfalto agrietado de los callejones con un tableteo monótono que apaga cualquier otro sonido de la ciudad profunda. El agua arrastra la grasa de los talleres mecánicos, los restos de carbón de las calderas viejas y la basura acumulada durante semanas, tiñendo los cordones de un gris espeso. En un rincón protegido apenas por el voladizo de un galpón abandonado, una caja de cartón de embalaje industrial cede lentamente bajo la humedad. Adentro, envuelta en una manta de lana basta que raspa la piel, una criatura apenas recién nacida llora. Es un llanto sordo, ahogado por el frío, el sonido mecánico de un motor que se apaga antes de arrancar. Nadie dobla la esquina. Las luces rojas de una ambulancia lejana rebotan contra las ventanas altas de los edificios residenciales, a tres cuadras de allí, donde el mundo funciona con calefacción y horarios fijos. Nadie busca en los márgenes. Los minutos transcurren con el peso del plomo líquido y la niña, que s
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