CAPÍTULO 5

La luz de las antorchas proyecta siluetas contra las juntas del granito, distorsionando las proporciones de los ancianos del Consejo. Joseline permanece de pie en el centro del anillo, con las manos todavía cubiertas por el lino manchado de vaselina. La escolta de la Tríada se mantiene a dos pasos detrás de ella, una presencia masiva que bloquea las salidas pero que también actúa como un escudo térmico frente a la hostilidad del ambiente.

El consejero canoso se levanta del estrado de madera. El desprecio de la tarde anterior ha sido sustituido por una fijeza burocrática, la seriedad de quien analiza un informe de daños.

—Los registros de la última crisis de dominancia son claros —dice el viejo, y su voz áspera raspa el silencio del salón—. El nexo no es una bendición mística; es una anomalía genética que aparece cada cuatro generaciones para evitar el colapso de las líneas Alfa. La última portadora del rastro térmico no estabilizó el sector; redujo a cenizas el cordón industrial del sur antes de que sus propios vasos sanguíneos colapsaran por la sobrecarga. El equilibrio que traés es una balanza que se corta con el peso de un gramo.

Joseline siente que el aire de la sala se vuelve más denso, cargado con el olor a cera fría y el rastro rancio de los uniformes militares.

—¿Están diciendo que voy a terminar igual? —La pregunta sale sin la épica de los discursos oficiales; es la duda de quien ha visto a los enfermos crónicos morir en los hospitales públicos de la periferia.

El anciano no pestañea.

—Decimos que sos un reactor biológico sin blindaje, Joseline. El enemigo del sur no busca tu territorio porque no les interesan las piedras de esta fortaleza; buscan apagar el nexo antes de que la Tríada consolide el mando de las milicias. Sos el objetivo porque sos la debilidad del sistema.

El líder de la Tríada interviene desde la sombra de la galería, sin alterar su postura de centinela.

—Y si las fluctuaciones de tu temperatura no se estabilizan en el campo de entrenamiento esta semana, la fiebre te va a perforar el miocardio antes de que el sur organice la próxima incursión. No sos una salvadora, Joseline; sos una variable que tenemos que controlar para que el distrito no se desarme.

El silencio posterior tiene el peso del plomo líquido. Joseline se mira las vendas. La corte no busca una monarca a la que rendirle pleitesía; busca un componente biológico que encaje en una maquinaria de guerra que ya está en marcha.

El campo de entrenamiento es un foso de tierra batida detrás de las caballerizas, rodeado por muros de contención cubiertos de hollín viejo. Las sesiones no tienen la estética de una lección de esgrima; son ejercicios de resistencia cardiovascular diseñados para que el cuerpo de Joseline soporte la vasodilatación sin entrar en shock apopléjico.

El Alfa más joven la sostiene por los antebrazos. Su aroma a tierra mojada es lo único que evita que la Omega pierda el conocimiento debido a la temperatura que emana de sus propias manos.

—No intentes proyectar el calor como si fuera un arma —le dice el joven, y la presión de sus dedos en las muñecas de Joseline es firme, buscando estabilizarle el pulso—. El fuego es el descarte de tu energía metabólica cuando tus feromonas entran en contacto con las nuestras. Si no controlás la exhalación, te vas a quemar los alvéolos. Bloqueá la glotis. Mantené el aire abajo.

Una llamarada sorda, un latigazo de aire supercalentado, se escapa de los dedos vendados de Joseline, agrietando el suelo de arcilla a sus pies. El dolor de la ampolla que se abre bajo el lino la obliga a doblarse, apoyando la frente contra el pecho del Alfa. La cercanía es un impacto químico; el sistema endocrino de la Omega busca la sumisión ante el protector, buscando el nexo que calme la fiebre de sus arterias.

—Me voy a romper —susurra ella contra el paño de su túnica—. Esto no es mi cuerpo. Es un monstruo que metieron adentro del cartón donde me dejaron.

El joven no la suelta. Acerca su rostro al de ella, lo suficiente para que Joseline perciba la dilatación de sus pupilas y la fijeza casi devota de su mirada.

—Tu cuerpo sobrevivió a veintidós años de heladas en los portales, Joseline. Tenés más resistencia en los tejidos que cualquiera de las Omegas de las casas altas. No luches contra la fiebre; dejà que mi rastro compense la frecuencia. Yo me quedo acá hasta que el pulso se nivele.

El espacio entre los dos se reduce a una distancia biológica donde las leyes del Consejo pierden vigencia. Sin embargo, el crujido de una bota contra la grava rompe la frecuencia del acoplamiento.

El Alfa de la sonrisa peligrosa avanza desde la sombra del cobertizo de herramientas, con una barra de hierro en la mano y los ojos fijos en la muñeca de su hermano.

—El entrenamiento no es un cortejo, muchacho —dice, y su voz áspera corta el aire caliente del foso—. La proximidad exclusiva altera la simetría del nexo. Si laOmega se acostumbra solo a tu rastro, mi frecuencia y la del líder van a empezar a actuar como toxinas en su sistema. Correte.

Joseline se aparta de inmediato, sintiendo el frío del aire de la tarde golpear su piel húmeda. El enfrentamiento entre los dos hermanos es estático pero violento; las feromonas de dominancia se cruzan en el foso con la densidad de un gas tóxico que hace que los caballos de las cuadras vecinas empiecen a patear los portones de madera.

—La Reina no es un refugio para tus complejos de protector, hermano —añade el de cabello oscuro, mostrando los dientes en una mueca gélida—. Es el núcleo de la Tríada. Y el poder no se comparte con delicadeza; se asegura mediante la disciplina del cuerpo. Si ella no soporta mi rastro hoy, anochece muerta el viernes.

La calma se rompe a la tercera noche. Una patrulla de reconocimiento regresa por el portón del este con tres vehículos inutilizados por impactos de proyectiles térmicos. Traen solo a la mitad de los efectivos; los heridos presentan quemaduras de tercer grado que huelen a queratina chamuscada y a los supresores sintéticos del sur. El enemigo está limpiando los puestos avanzados a menos de dos kilómetros de la muralla.

El confinamiento en la cámara residencial se vuelve insoportable para Joseline. El olor a desinfectante médico que sube del patio y el ruido de las alarmas de baja frecuencia le generan una claustrofobia que la obliga a moverse. Aprovechando el relevo de la guardia de la medianoche, se desliza por el pasillo de servicio que abastece a las cocinas y cruza el umbral de la poterna del muro oeste, descalza sobre la hierba húmeda del bosque exterior.

El bosque es un sumidero de sombras oscuras. El olor a resina de pino y a tierra húmeda le devuelve por un segundo la familiaridad de la vida periférica, lejos del magnetismo asfixiante de la Tríada. Sin embargo, a cincuenta metros de la muralla, la quietud del aire se altera. No es el rastro de un híbrido; es un aroma seco, a ceniza fría y a hojas de tabaco rancio.

Una silueta alta emerge de la espesura de los helechos. Viste un abrigo militar descolorido, con la capucha calzada hasta las cejas.

—La Reina del norte camina sin escolta —la voz es un carraspeo crónico, el sonido de unos pulmones dañados por el gas industrial—. No todos los que rastrean tu frecuencia quieren entregarte a los laboratorios del sur, Joseline.

Ella da un paso atrás, sintiendo que la temperatura de sus palmas empieza a elevarse por instinto de defensa.

—¿Quién eres? ¿Cómo entraste al perímetro?

El hombre se descubre la cabeza con una lentitud deliberada. A la luz de la luna, su rostro es una topografía de tejido cicatrizal: las quemaduras viejas le han borrado la oreja izquierda y le tiran de la comisura del ojo, dándole una expresión de fijeza permanente. Sus pupilas conservan el rastro ambarino descolorido de un Alfa cuyo nexo fue destruido hace años.

—Fui la primera línea de la guardia de la Reina anterior —dice, y sus dedos enguantados muestran una marca de quemadura en el antebrazo que sigue el mismo patrón de las venas hinchadas de Joseline—. Te están ocultando los archivos de la clínica central. Los Alfas de la Tríada no te protegen para salvarte; te usan como un filtro biológico. La Reina anterior no murió por un ataque del sur; su corazón explotó porque la Tríada de su época le exigió una estabilización de frecuencia por encima de la capacidad de sus tejidos. Sos un repuesto, pequeña. Decidí rápido si querés la verdad del laboratorio o la seguridad de tu celda de piedra, porque los perros ya vienen.

Un rugido sordo cruza las copas de los árboles. La ausencia de Joseline ha activado los sensores de la red periférica.

El encapuchado retrocede hacia la espesura del bañado, desapareciendo entre las cañas antes de que la primera línea de la guardia rompa las ramas del claro. El líder de la Tríada llega a la cabeza del grupo, con el rostro desfigurado por una rabia que satura el bosque con el olor a ozono caliente. Le toma los hombros con una presión que le cruje las articulaciones.

—¡Te ordené que no pasaras el umbral del muro! —El grito del hombre es un impacto físico—. ¿Querés que los laboratorios del sur te encuentren antes de que cerremos el nexo?

Joseline lo mira de frente, ignorando el dolor de los hombros. El reflejo ambarino de sus ojos desafía la dominancia del Alfa.

—No soy un repuesto de sus clínicas —dice, con la voz firme por la fiebre—. Quiero saber qué le pasó a la mujer que estuvo acá antes que yo.

La madrugada encuentra a la fortaleza bajo un régimen de aislamiento absoluto. Joseline permanece encerrada en su cámara, con el cerrojo electrónico activado desde la central de mandos. El silencio del cuarto es interrumpido por una alteración en la corriente de aire que entra por la aspillera de la ventana. No hay ruido de pasos; el hombre del abrigo militar aparece desde la sombra del guardarropa con la fluidez del que conoce los puntos ciegos de la estructura arquitectónica.

—No hagas ruido —susurra, apartándose de la luz de la luna que entra por el vidrio—. La red de sensores del ala oeste tiene un retraso de tres segundos en el bucle de grabación. Usalo.

Joseline se levanta del lecho, manteniendo las manos bajas para evitar la exhalación térmica.

—¿Cómo entraste acá? La guardia está en los pasillos.

—Conozco los túneles de ventilación desde antes de que el líder actual tuviera el rastro de la Tríada —el hombre se quita los guantes, exponiendo unas manos donde los tendones están rígidos por las cicatrices del calor—. La profecía que te leen los ancianos es un manual de operaciones modificado. La Reina anterior se llamaba Elena. Su sistema circulatorio soportó el nexo durante tres años, hasta que la Tríada del sur intentó una incursión masiva y los Alfas del norte le exigieron una descarga que le consumió los riñones y el tejido hepático. Murió en una camilla de esta fortaleza mientras los ancianos tomaban nota de la resistencia de sus vasos sanguíneos.

Joseline siente que el frío del granito le sube por las piernas. El lujo de las sábanas de lino y las pieles de marta adquiere la consistencia de los sudarios de los depósitos de cadáveres.

—Te están preparando para la misma saturación, Joseline —añade el encapuchado, fijando sus ojos apagados en la marca lateante de la muñeca de la joven—. Si seguís firmando sus pactos de sangre sin entender la química del nexo, vas a ser una pieza de recambio que van a descartar en el próximo invierno. El fuego es tuyo, no de su Tríada. Tenés que aprender a cortar la frecuencia de sumisión antes de que te vacíen.

Un pitido electrónico en la cerradura de la puerta anuncia el fin del bucle de retraso de la seguridad. El hombre del abrigo militar se desliza hacia la boca del conducto de servicio con una velocidad que prescinde del ruido, desapareciendo en la negrura justo cuando el pestillo de hierro gira desde afuera.

Cuando el líder y los guardias entran en la cámara con las armas cortas desenfundadas, solo encuentran a Joseline de pie junto a la ventana, con las vendas del lino deshechas y la marca de su muñeca brillando con un pulso púrpura que refleja la inminencia de la próxima combustión interna.

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