El reino había cambiado.
Las murallas que antes eran negras por el hollín ahora brillaban con piedra renovada. Las torres reconstruidas se alzaban hacia el cielo, orgullosas, como cicatrices convertidas en fortaleza.
Joseline caminaba por las calles del mercado sin escoltas, solo con un manto sencillo que ocultaba la corona. Los aldeanos la reconocían igual, porque no hacía falta la joya dorada para saber quién era: las marcas en su piel, esos ríos de luz incandescente que surcaban sus brazos y