Mundo ficciónIniciar sesiónEl día de su boda debía ser el más feliz de su vida, pero para Layla Scott se convirtió en su peor pesadilla. Minutos antes de llegar al altar, descubre a su prometido engañándola con su propia hermanastra, confesando que su matrimonio era solo una farsa por dinero. Desesperada, humillada y con el vestido de novia destrozado, Layla huye al bar del hotel buscando borrar su dolor. Allí, cegada por el alcohol y la sed de venganza, se entrega a un desconocido oscuro y peligroso, confundiéndolo con un acompañante de lujo. Tras una noche de pasión inolvidable, Layla huye dejando un puñado de billetes en la mesita de noche como "pago" por sus servicios. Pero el destino tiene un sentido del humor un poco retorcido. Al regresar a casa, Layla descubre que su familia está en la ruina y que su padre ha hecho un trato desesperado para salvarse de la cárcel: la ha vendido en matrimonio al único hombre capaz de comprar su deuda millonaria. Layla se queda helada cuando conoce a su nuevo "dueño". Su esposo no es otro que Dante Lombardi, el despiadado magnate de Londres, el enemigo mortal de su ex prometido… y el mismo hombre al que ella insultó pagándole por una noche de sexo. Dante no olvida. Dante no perdona. Y ahora que Layla le pertenece legalmente, él planea cobrarle esa ofensa con intereses, cuerpo a cuerpo.
Leer másEl dolor de cabeza era un martilleo constante, pero no se comparaba con el dolor agudo y punzante que Layla sentía en el pecho.
Al abrir los ojos, la luz grisácea de un amanecer lluvioso en Londres se colaba por los ventanales de piso a techo. No reconoció el techo, no reconoció las sábanas de seda negra que se enredaban en sus piernas desnudas y definitivamente, no reconoció el aroma a sándalo costoso y almizcle masculino que impregnaba la almohada.
El pánico la atropelló de inmediato, disipando la bruma del alcohol en cuestión de segundos.
Se incorporó de golpe, ignorando el mareo, y la sábana resbaló, revelando las marcas rojizas en su piel pálida. Recuerdos fragmentados de la noche anterior la asaltaron como flashes de una película mal editada.
El vestido de novia, la puerta entreabierta, la voz de Liam gimiendo el nombre de su hermanastra. "Solo me caso con ella por el dinero de su padre, pero a quien deseo es a ti, nena".
Layla cerró los ojos con fuerza, conteniendo una náusea. Había huido, había corrido bajo la lluvia hasta el bar del hotel The Shard, decidida a arrancar la etiqueta de "niña buena" que había llevado pegada a la frente durante veintidós años.
Giró la cabeza lentamente hacia el otro lado de la cama.
Allí estaba él.
El hombre dormía boca abajo, con la espalda ancha y musculosa descubierta, mostrando una constelación de cicatrices tenues que solo lo hacían parecer más peligroso. Tenía el cabello oscuro, desordenado sobre la frente. Incluso dormido, irradiaba una energía depredadora.
Layla se mordió el labio. Recordaba haberle preguntado en el bar, con la lengua trabada por el whisky: "¿Eres tan caro como pareces? Porque quiero comprarte. Quiero que me hagas olvidar".
Él había sonreído. Una sonrisa que debió haberla alertado, una sonrisa de lobo mirando a un cordero. «Soy muy caro, principessa. Pero quizás pueda hacerte un descuento».
—Dios mío, ¿qué he hecho? —susurró, llevándose las manos a la cara.
Se había acostado con un acompañante. Un gigoló de lujo.
Tenía que irse. Ahora.
Se levantó con cuidado, recogiendo los restos de su vestido de novia rasgado que yacía en el suelo. Se vistió temblando, sintiéndose sucia, usada, pero extrañamente liberada. Liam ya no era el único hombre que la había tocado. La pureza que él tanto exigía se había ido.
Buscó su bolso. Sacó todo el efectivo que tenía: unos quinientos dólares y varias libras esterlinas. No era suficiente para un hombre que se alojaba en la suite presidencial del edificio más alto de Londres, pero era todo lo que tenía.
Dudó un segundo. Luego, con un movimiento brusco, se arrancó el anillo de compromiso de diamantes de su dedo. El anillo de los Vance. Valía una fortuna.
Lo dejó sobre la mesita de noche, encima de los billetes, y garabateó una nota rápida en el bloc del hotel con mano temblorosa:
«Gracias por el servicio. Quédate con el cambio».
Salió de la suite corriendo, sin mirar atrás, rogando que el ascensor llegara antes de que el desconocido despertara.
En la suite, apenas la puerta se cerró con un clic suave, el hombre en la cama abrió los ojos.
No había estado dormido.
Dante Lombardi se giró, apoyando la espalda en el cabecero de terciopelo. Sus ojos, negros como el carbón, brillaron con una furia gélida al ver la mesita de noche.
Extendió la mano y tomó el puñado de billetes arrugados y el anillo. Lo observó con incredulidad.
—¿Me ha pagado? —su voz ronca rompió el silencio de la habitación. Era una pregunta retórica, cargada de una amenaza latente.
Nadie insultaba a Dante Lombardi. Nadie lo confundía con una puta. Y, definitivamente, nadie se iba de su cama dejándole propina.
Examinó el anillo. Reconoció el escudo grabado en el interior de la banda de platino. La familia Vance.
Una sonrisa oscura, carente de cualquier humor, curvó sus labios.
—Así que tú eres la prometida de Liam Vance —murmuró, apretando el anillo en su puño hasta que el metal se clavó en su piel—. El destino tiene un sentido del humor retorcido, principessa. Querías comprarme... pues acabas de cerrar el trato más costoso de tu vida.
Layla llegó a la mansión Scott empapada y tiritando. El taxi la había dejado en la entrada y tuvo que caminar el largo sendero de grava bajo la llovizna.
Esperaba gritos. Esperaba a su padre furioso por haber huido de la boda, exigiéndole que volviera y pidiera perdón a Liam.
Pero cuando entró en el vestíbulo, solo encontró silencio.
—¿Papá? ¿Mamá?
Entró al salón principal y la escena la heló. Su madre estaba sentada en el sofá, sollozando con la cara entre las manos. Su padre, Robert Scott, un hombre que siempre había sido el pilar de la fuerza, estaba sirviéndose un vaso de whisky con manos que temblaban violentamente.
Había maletas en el suelo.
—¿Qué pasa? —preguntó Layla, con la voz quebrada.
Su padre levantó la vista. Parecía haber envejecido diez años en una noche.
—Liam... —Robert tragó saliva—. Liam retiró la inversión, Layla. Canceló los contratos esta mañana. Dijo que... dijo que te vio huir y que eras una vergüenza inestable.
Layla sintió que la bilis le subía por la garganta. ¡Él era el traidor! Pero, por supuesto, Liam Vance siempre caía de pie.
—Estamos arruinados, hija —continuó su padre, con los ojos llenos de lágrimas—. Los acreedores van a embargar la casa mañana. La empresa ha quebrado. Y yo... yo voy a ir a la cárcel por fraude si no pago la deuda privada antes del mediodía.
Layla se dejó caer en una silla. Todo su mundo se desmoronaba.
—¿Cuánto? —preguntó.
—Cincuenta millones de libras.
El silencio fue sepulcral. Era una cifra imposible.
—Pero... hay una salida —dijo su padre, y había algo en su voz que asustó a Layla más que la amenaza de la cárcel. Un tono de desesperación absoluta.
—¿Qué salida?
—Alguien compró nuestra deuda. Un inversor privado. Se ofreció a pagarlo todo, a salvar la empresa y a mantenerme fuera de prisión.
—¡Eso es maravilloso! —exclamó Layla, sintiendo un rayo de esperanza—. ¿Quién es? Le trabajaré gratis el resto de mi vida si es necesario, yo...
—No quiere que trabajes para él, Layla —la interrumpió su padre, bajando la mirada—. Él quiere... garantías. Quiere una alianza para asegurarse de que los Vance no vuelvan a tocar esta empresa.
—¿Qué tipo de alianza?
Su madre soltó un sollozo fuerte.
—Matrimonio —susurró Robert Scott—. Te he vendido, Layla. Firmé el contrato esta mañana. Eres el pago.
Layla se puso de pie de un salto, retrocediendo.
—¿Qué? ¡No! ¡No puedes hacerme esto! ¡Acabo de escapar de un matrimonio sin amor, no voy a entrar en otro!
—¡No tenemos opción! —gritó su padre, golpeando la mesa—. ¡Él ya está aquí! Viene a firmar los papeles finales y a llevarte.
—¡Me niego! —Layla se dio la vuelta hacia la puerta, dispuesta a correr otra vez, a huir lejos de esa locura.
Pero la puerta del salón se abrió antes de que pudiera dar dos pasos.
El aire en la habitación pareció bajar diez grados de temperatura. Una figura alta e imponente llenó el marco de la puerta, bloqueando cualquier salida. Iba impecablemente vestido con un traje italiano de tres piezas color carbón, hecho a medida, que se ajustaba a sus anchos hombros como una segunda piel.
Layla se detuvo en seco. El corazón le dejó de latir por un segundo.
Esos ojos. Esa mandíbula tensa. Esa cicatriz casi imperceptible en la ceja izquierda.
El hombre del hotel. El "gigoló".
Dante Lombardi entró en la sala con la elegancia de un depredador que ya tiene a su presa acorralada. No miró a los padres de Layla. Sus ojos negros se clavaron directamente en ella, con una intensidad que la hizo temblar.
Layla palideció, llevándose una mano a la boca.
Dante metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó algo brillante. Caminó lentamente hacia ella, invadiendo su espacio personal hasta que Layla pudo oler de nuevo ese aroma a sándalo que horas antes había estado en su piel.
Levantó la mano y le mostró lo que traía.
El anillo de compromiso de Liam. Y los billetes arrugados.
—Creo que hubo un malentendido esta mañana, esposa —dijo Dante con una voz suave, aterciopelada y terriblemente peligrosa—. Olvidaste tu cambio. Y te aseguro... que yo cobro mucho más caro que esto.
—Haz la maleta. Nos vamos a Milán en dos horas.Dante soltó la orden mientras se ajustaba el reloj de pulsera en el vestíbulo, sin siquiera molestarse en mirar a Layla a los ojos. Llevaba tres días ignorándola, dedicando cada minuto de su tiempo a Alessandra y a las "reuniones estratégicas" en su despacho, de donde salían risas que se clavaban en el orgullo de Layla como agujas.Layla, que bajaba las escaleras con un libro en la mano, se detuvo en seco.—¿Perdón?—Hay problemas con la fusión en Italia. Tengo que ir personalmente. Y tú vienes conmigo.—No voy a ir —dijo Layla con firmeza—. No pienso ir a Italia para ver cómo coqueteas con tu "socia" en otro idioma mientras yo me quedo en el hotel pintando cuadros que odias.Dante levantó la vista. Su expresión era de puro aburrimiento.—Alessandra viene con nosotros, por supuesto. Es vital para la negociación. Y tú vienes porque, según el contrato, debes acompañarme a los eventos corporativos importantes. La prensa italiana espera ver
El regreso a la conciencia fue lento y confuso. Lo primero que Layla notó fue el olor. Ya no olía a trementina ni a pintura al óleo. Olía a sándalo, a lluvia y a hombre.Abrió los ojos con pesadez. Estaba en la cama de la suite principal, tapada hasta la barbilla. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la lámpara de lectura del lado de Dante.Giró la cabeza y lo vio.Dante estaba sentado en el sillón de terciopelo junto a la cama, observándola. Ya no llevaba el traje manchado de pintura. Vestía unos pantalones oscuros y una camisa negra remangada hasta los codos. Parecía cansado, pero su mirada estaba alerta, clavada en ella como un láser.—Volviste —dijo él, su voz grave rompiendo el silencio.Layla intentó incorporarse, pero un mareo residual la hizo volver a caer sobre las almohadas.—¿Qué pasó?—Te desmayaste. Caíste como un saco de plomo en mis brazos —Dante se levantó y se acercó a la cama. Le puso una mano en la frente. Su palma estaba fresca—. El médico ya se fue
Habían pasado tres semanas desde la gala y la portada de Vogue. Tres semanas en las que Layla se había convertido en la "Señora Lombardi" perfecta frente a las cámaras, y en un fantasma dentro de los muros de Blackthorn Manor.La mansión era hermosa, sí. Tenía una piscina climatizada donde nadaba hasta que le ardían los músculos, una biblioteca con primeras ediciones que ya había leído y releído, y un jardín de invierno donde las orquídeas florecían bajo el cuidado de jardineros silenciosos.Pero seguía siendo una jaula.Layla estaba sentada en el suelo del solárium, rodeada de lienzos en blanco que había encargado por internet con la tarjeta de Dante. El olor a trementina y óleo llenaba el aire, el único aroma en esa casa estéril que la hacía sentir viva.Dante le había prohibido salir sin escolta. Le había prohibido trabajar. "Una Lombardi no sirve café ni archiva documentos", le había dicho cuando ella sugirió buscar un empleo en una galería de arte.—Si no puedo salir, traeré el m
Layla despertó con la sensación de pesadez en el cuerpo, como si hubiera corrido un maratón mientras dormía. La cama estaba vacía a su lado. Las sábanas del lado de Dante estaban frías; llevaba horas levantado.Se frotó los ojos, apartando los recuerdos de la noche anterior. El beso en la gala. El casi-beso en el coche. La frialdad posterior. «El hielo sobrevive», le había dicho él.Se levantó y se puso una bata de seda que encontró a los pies de la cama. Al bajar las escaleras, la casa estaba en un silencio absoluto, roto solo por el sonido de la lluvia golpeando los cristales. Londres parecía decidida a ahogarse en agua gris.Entró en el comedor esperando encontrarlo vacío, pero Dante estaba allí.Estaba sentado en la cabecera, como siempre, pero esta vez no estaba leyendo el periódico. Estaba mirando su tablet con una intensidad que podría haber perforado el acero. Su mandíbula estaba tan tensa que un músculo saltaba en su mejilla.—Buenos días —murmuró Layla.Dante levantó la vist
El portazo del Rolls Royce cerró el mundo exterior, dejando fuera la lluvia y las luces de Londres, pero atrapando dentro una tensión tan densa que casi podía masticarse.El coche se puso en marcha suavemente, deslizándose por las calles mojadas. La cabina trasera estaba en penumbras, iluminada solo por los destellos fugaces de las farolas que pasaban a toda velocidad.Layla se pegó a su puerta, tratando de poner la mayor distancia física posible entre ella y el hombre que ocupaba el otro lado del asiento de cuero. Todavía podía sentir el fantasma de sus labios sobre los de ella. Sus pulsaciones seguían disparadas, golpeando sus oídos como un tambor de guerra.Dante, por el contrario, parecía la imagen de la calma. Se había aflojado la pajarita y desabrochado el primer botón de la camisa, exponiendo un triángulo de piel bronceada en su garganta. Estaba recostado con una elegancia indolente, mirándola. Siempre mirándola.—Deja de tocarte la boca —dijo él, rompiendo el silencio con esa
Layla miró su reflejo en el espejo de cuerpo entero y apenas reconoció a la mujer que le devolvía la mirada.El vestido rojo que Dante había elegido no era una simple prenda; era una declaración de guerra. De seda carmesí, se ceñía a cada curva de su cuerpo como una segunda piel, con un escote en V profundo que desafiaba la gravedad y una abertura en la pierna que subía peligrosamente alto.Era elegante, sí, pero también era increíblemente provocativo. Era el vestido de una mujer que sabe que es dueña de la habitación. O, en su caso, de una mujer que ha sido comprada para ser exhibida.—Si quiere jugar a que soy su trofeo, seré el trofeo más caro que haya tenido jamás —murmuró Layla, aplicándose un labial rojo sangre que hacía juego con la seda.Se recogió el cabello en un moño alto, dejando su cuello expuesto, vulnerable y elegante a la vez. Se colocó los pendientes de diamantes que la señora Danvers le había traído en una bandeja de terciopelo. Pesaban. Todo en esa vida pesaba.A la





Último capítulo