Capítulo 2 - Jaula de Oro

El sonido de los billetes arrugados cayendo sobre la mesa de caoba resonó como un disparo en el silencio sepulcral de la sala. El anillo de diamantes rodó unos centímetros, deteniéndose justo frente a Robert Scott, quien miraba la escena con la boca entreabierta, sin comprender.

—¿Qué... qué es esto? —balbuceó el padre de Layla, mirando alternativamente a su hija y al imponente hombre que ocupaba su salón.

Layla sentía que el suelo se abría bajo sus pies. El rubor le subió desde el cuello hasta la raíz del cabello, quemándole la piel. Dante no solo había venido a reclamar su deuda financiera; había venido a reclamar su dignidad.

—Un pequeño... pago inicial —respondió Dante sin apartar la vista de Layla. Sus ojos oscuros brillaban con una burla cruel—. Su hija fue muy generosa conmigo esta mañana, señor Scott. Pero me temo que subestimó el costo de mis servicios.

Layla apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas.

—Tú... —susurró ella, con la voz temblorosa por la humillación—. Eres un monstruo.

—Soy un hombre de negocios, Layla —replicó él, dando un paso más hacia ella. Su voz bajó una octava, volviéndose un susurro íntimo y aterrador que solo ella pudo escuchar—. Y tú acabas de entrar en el negocio más peligroso de tu vida. Pensaste que podías usarme como un juguete para tu venganza contra Liam, ¿verdad? Pensaste que podías dejarme unas monedas y marcharte.

Dante se inclinó, su aliento cálido rozando la oreja de ella, provocándole un escalofrío involuntario que no tuvo nada que ver con el miedo y todo que ver con el recuerdo de su piel contra la de ella.

—Nadie me usa, princesa y nadie se va sin pagar el precio completo.

—¡Basta! —intervino Robert Scott, poniéndose de pie con dificultad, aunque temblaba ante la presencia de Dante—. Señor Lombardi, por favor... mi hija está alterada. La ruptura con Liam...

—La ruptura con Liam es irrelevante —cortó Dante, enderezándose y recuperando su frialdad profesional. Se giró hacia el padre de Layla—. Lo único relevante aquí es el contrato que tiene frente a usted. Y el hecho de que el reloj sigue corriendo. Faltan diez minutos para el mediodía. Si para entonces no tengo la firma de su hija en el acta de matrimonio y en el acuerdo de cesión, mis abogados presentarán la denuncia por fraude.

Dante miró su reloj de pulsera, un gesto arrogante que hizo que el corazón de Layla se detuviera.

—La policía ya está en camino, Robert. Solo yo puedo detenerlos.

La madre de Layla soltó un grito ahogado y se aferró al brazo de su esposo.

—¡Layla, por favor! —suplicó su madre—. ¡No dejes que se lleven a tu padre! ¡Se morirá en la cárcel!

Layla miró a sus padres. Eran la imagen de la derrota. Luego miró a Dante. Él la observaba con una calma exasperante, sabiendo que tenía todas las cartas ganadoras.

—¿Por qué yo? —preguntó Layla, con los ojos llenos de lágrimas de impotencia—. Podrías pedir la empresa. Podrías pedir las propiedades. ¿Por qué quieres casarte conmigo? Me odias. Ni siquiera me conoces.

Dante sonrió, pero no había calidez en el gesto.

—Te equivocas en una cosa. No quiero casarme contigo. Necesito casarme contigo. Eres la única heredera de los Scott. Al unirme a ti, bloqueo cualquier intento futuro de Liam Vance o su familia de reclamar esta compañía a través de viejas cláusulas legales. Eres el candado de mi inversión.

Mintió. Layla vio algo en sus ojos que le dijo que mentía, o al menos, que no estaba diciendo toda la verdad. Había algo personal en esto. Algo que iba más allá de los negocios. Era odio puro lo que destilaba cuando mencionaba a los Vance.

—Léelo —ordenó Dante, señalando los papeles sobre la mesa—. Y firma.

Layla se acercó a la mesa como si se dirigiera al patíbulo. Sus manos temblaban tanto que apenas podía sostener el bolígrafo. Leyó las cláusulas por encima, las letras bailando ante sus ojos nublados.

Cláusula 4: La esposa residirá en el domicilio del esposo.

Cláusula 7: Fidelidad absoluta.

Cláusula 12: El matrimonio tendrá una duración mínima de dos años o hasta que se engendre un heredero.

Se detuvo en esa línea. Levantó la vista, horrorizada.

—¿Un heredero?

—Necesito asegurar mi legado tanto como mis inversiones —dijo Dante con indiferencia, como si hablaran de comprar acciones—. Firma, Layla. O despídete de tu padre.

A lo lejos, el sonido de sirenas comenzó a escucharse, acercándose a la mansión. El pánico estalló en la habitación.

—¡Layla! —gritó su padre, llorando abiertamente.

Layla cerró los ojos. Recordó la traición de Liam. Recordó la vergüenza de la mañana. Y ahora esto. Su vida ya no le pertenecía. Quizás nunca le había pertenecido.

Con un sollozo ahogado, estampó su firma en el papel. El trazo fue irregular, violento.

—Hecho —susurró, soltando el bolígrafo como si quemara.

El sonido de las sirenas cesó abruptamente, como si Dante hubiera pulsado un interruptor invisible. Él tomó los documentos, verificó la firma y asintió una vez.

—Excelente elección.

Sacó su teléfono y envió un mensaje rápido.

—Mis abogados se encargarán de la deuda. Tu padre está a salvo —dijo, guardando el teléfono—. Ahora, ve a hacer las maletas.

Layla parpadeó, confundida.

—¿Qué?

—Nos vamos. Ahora.

—Pero... necesito tiempo. Necesito despedirme, necesito...

Dante la agarró del brazo. No fue un agarre doloroso, pero sí firme, posesivo. La corriente eléctrica que atravesó a Layla fue instantánea, recordándole a su cuerpo traicionero lo que habían hecho horas antes entre sábanas de seda.

—No hay tiempo —dijo Dante, acercando su rostro al de ella—. Eres mi esposa ahora, Layla Lombardi. Y mi esposa duerme bajo mi techo. Tienes diez minutos para recoger lo imprescindible. Todo lo demás, te lo compraré.

—No quiero tu dinero —espetó ella.

—Acostúmbrate —respondió él con frialdad—. Porque a partir de hoy, es lo único que tendrás. Tu libertad se quedó en esa firma.

Layla se soltó de su agarre y corrió escaleras arriba, con las lágrimas cegándola.

Veinte minutos después, Layla bajaba las escaleras con una sola maleta pequeña. Sus padres la miraban desde la puerta del salón, avergonzados, incapaces de sostenerle la mirada. La habían vendido. La habían sacrificado para salvarse ellos.

Dante la esperaba junto a la puerta abierta. La lluvia había arreciado afuera, convirtiendo Londres en un escenario gris y lúgubre, perfecto para su estado de ánimo.

Un chófer tomó su maleta y la llevó a un Rolls Royce negro que esperaba con el motor en marcha.

Layla se detuvo antes de salir. Miró a Dante.

—Te odiaré por esto —le prometió en un susurro—. Cada día de este maldito contrato, te odiaré.

Dante la miró. Por un segundo, su máscara de frialdad pareció agrietarse, dejando ver algo oscuro y turbulento en el fondo de sus pupilas. ¿Deseo? ¿Arrepentimiento? Desapareció tan rápido que Layla pensó que lo había imaginado.

—El odio es un sentimiento apasionado, Layla —dijo él, abriendo la puerta del coche para ella—. Es mucho mejor que la indiferencia. Creo que nos divertiremos mucho odiándonos.

Layla entró al coche. Dante se sentó a su lado, ocupando todo el espacio con su presencia abrumadora. El coche arrancó, alejándola de la única vida que conocía.

Miró por la ventanilla, viendo su casa desaparecer bajo la lluvia.

—¿A dónde vamos? —preguntó, sin mirarlo.

—A casa —respondió Dante. Y luego, con una voz que hizo vibrar algo profundo en su vientre, añadió—: Y esta noche, esposa, no habrá dinero en la mesita de noche. Esta noche, dormirás en la cama que te corresponde.

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