El dolor de cabeza era un martilleo constante, pero no se comparaba con el dolor agudo y punzante que Layla sentía en el pecho.Al abrir los ojos, la luz grisácea de un amanecer lluvioso en Londres se colaba por los ventanales de piso a techo. No reconoció el techo, no reconoció las sábanas de seda negra que se enredaban en sus piernas desnudas y definitivamente, no reconoció el aroma a sándalo costoso y almizcle masculino que impregnaba la almohada.El pánico la atropelló de inmediato, disipando la bruma del alcohol en cuestión de segundos.Se incorporó de golpe, ignorando el mareo, y la sábana resbaló, revelando las marcas rojizas en su piel pálida. Recuerdos fragmentados de la noche anterior la asaltaron como flashes de una película mal editada.El vestido de novia, la puerta entreabierta, la voz de Liam gimiendo el nombre de su hermanastra. "Solo me caso con ella por el dinero de su padre, pero a quien deseo es a ti, nena".Layla cerró los ojos con fuerza, conteniendo una náusea.
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