Capítulo 9 - La otra mujer

El regreso a la conciencia fue lento y confuso. Lo primero que Layla notó fue el olor. Ya no olía a trementina ni a pintura al óleo. Olía a sándalo, a lluvia y a hombre.

Abrió los ojos con pesadez. Estaba en la cama de la suite principal, tapada hasta la barbilla. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la lámpara de lectura del lado de Dante.

Giró la cabeza y lo vio.

Dante estaba sentado en el sillón de terciopelo junto a la cama, observándola. Ya no llevaba el traje manchado de pintura. Vestía unos pantalones oscuros y una camisa negra remangada hasta los codos. Parecía cansado, pero su mirada estaba alerta, clavada en ella como un láser.

—Volviste —dijo él, su voz grave rompiendo el silencio.

Layla intentó incorporarse, pero un mareo residual la hizo volver a caer sobre las almohadas.

—¿Qué pasó?

—Te desmayaste. Caíste como un saco de plomo en mis brazos —Dante se levantó y se acercó a la cama. Le puso una mano en la frente. Su palma estaba fresca—. El médico ya se fue. Dijo que fue una combinación de los vapores químicos de tu "arte", falta de alimento y estrés.

Layla apartó la cara de su toque.

—Estoy bien. Solo me mareé.

—No estás bien —replicó Dante con dureza—. Estás pálida y débil. A partir de ahora, comerás todo lo que te pongan en el plato. Y se acabaron los disolventes tóxicos en el solárium.

—No puedes prohibirme pintar —protestó ella débilmente.

—Puedo prohibirte cualquier cosa que ponga en riesgo tu salud. Eres mi inversión, ¿recuerdas? No quiero que mi esposa se envenene accidentalmente antes de cumplir su propósito.

Layla sintió una punzada de dolor en el pecho. Por un segundo, al despertar, había pensado que él estaba allí porque se preocupaba. Pero no. Solo cuidaba su inversión.

—Vete al diablo, Dante.

Él esbozó una media sonrisa cínica.

—Descansa, Layla. Mañana tenemos visita. Y necesito que estés presentable, no que parezcas un cadáver.

A la mañana siguiente, el sonido inconfundible de aspas cortando el aire despertó a Layla.

Se levantó, ignorando las náuseas matutinas que atribuyó al estómago vacío, y se asomó a la ventana. Un helicóptero negro y elegante estaba aterrizando en el helipuerto privado del jardín trasero, levantando una tormenta de hojas y viento.

Vio salir a Dante de la casa para recibirlo. El viento le agitaba el cabello y la camisa blanca. Parecía un dios griego bajando a la tierra.

La puerta del helicóptero se abrió y bajó una mujer.

Layla sintió que se le helaba la sangre.

La mujer era espectacular. Alta, con una melena de cabello oscuro y brillante que caía en cascada sobre un abrigo de piel blanca. Llevaba tacones de aguja que se hundían en el césped, pero caminaba con la seguridad de una reina.

Dante se acercó a ella. Y entonces, hizo algo que Layla nunca le había visto hacer.

Sonrió.

Una sonrisa genuina, cálida. Abrió los brazos y la mujer corrió hacia él, abrazándolo con familiaridad. Dante la estrechó contra su cuerpo, levantándola ligeramente del suelo, y le dio dos besos sonoros en las mejillas.

Layla se apartó de la ventana, sintiendo un nudo ácido en el estómago que no tenía nada que ver con el embarazo y todo que ver con una palabra que se negaba a admitir: celos.

Se vistió con el vestido más elegante que encontró —un modelo azul zafiro— y bajó las escaleras con la barbilla en alto, lista para la batalla.

Encontró a Dante y a la recién llegada en el salón principal, bebiendo espresso.

—Ah, aquí está —dijo Dante cuando Layla entró. Su tono volvió a ser neutral—. Layla, ven. Quiero presentarte a alguien.

La mujer se giró. De cerca era aún más intimidante. Tenía ojos felinos, labios rojos y una figura curvilínea que gritaba "peligro".

—Layla, ella es Alessandra Moretti. Mi socia en las operaciones de Milán y... una vieja amiga de la familia.

Alessandra recorrió a Layla con la mirada, de arriba abajo, como si estuviera evaluando un mueble barato que Dante hubiera comprado por capricho.

—Piacere —dijo Alessandra, sin extender la mano. Su acento italiano era espeso y sensual—. Así que esta es la famosa "novia fugitiva" de la que hablan los periódicos ingleses. Es... carina. Un poco joven, ¿no, Dante?

—Es perfecta para lo que necesito —respondió Dante, tomando un sorbo de su café sin mirar a Layla.

Layla apretó los dientes.

—Es un placer, Alessandra —dijo Layla con frialdad—. Y no soy una fugitiva. Soy su esposa.

Alessandra soltó una risa cantarina y se acercó a Dante, posando una mano manicurada sobre su brazo. Sus dedos acariciaron la tela de su camisa con una familiaridad que hizo que Layla quisiera gritar.

—Sì, certo. Esposa. He visto el contrato, tesoro. Dante me cuenta todo —Alessandra miró a Dante con complicidad—. ¿Recuerdas aquel verano en Capri, caro? Cuando juraste que nunca te casarías a menos que fuera por una fusión de billones. Veo que cumpliste tu palabra.

—Alessandra es la única persona que conoce mis negocios mejor que yo —dijo Dante, ignorando la tensión—. Se quedará con nosotros unos días. Tenemos que cerrar el acuerdo con los proveedores toscanos.

—Espero que no te importe, Layla —dijo Alessandra, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Dante y yo tenemos mucho trabajo que hacer. A veces nos quedamos hasta tarde en el despacho. Supongo que una niña como tú necesita sus horas de sueño de belleza.

Layla miró la mano de Alessandra en el brazo de Dante. Miró la indiferencia de él. Y sintió un fuego en las venas que superaba cualquier miedo.

—No me importa en absoluto —mintió Layla, forzando una sonrisa—. Mientras recuerdes que, al final de la noche, el despacho se cierra... y él sube a dormir a mi cama.

El silencio en la habitación fue absoluto.

Alessandra parpadeó, sorprendida por la audacia. Dante, por otro lado, se atragantó levemente con su café, y cuando miró a Layla, había un brillo oscuro y divertido en sus ojos.

—Touché —murmuró Alessandra, retirando la mano, aunque su mirada seguía siendo desafiante.

—Bien —dijo Dante, dejando la taza—. Alessandra, vamos al estudio. Layla... dile a la señora Danvers que prepare la cena para tres. Y procura no desmayarte hoy.

Dante y Alessandra salieron del salón, hablando en un rápido y fluido italiano que dejaba a Layla completamente fuera de la conversación.

Layla se quedó sola en el centro del salón, temblando de rabia.

—Vieja amiga de la familia... —masculló, imitando el acento de Alessandra—. Sí, claro.

Esa noche, Layla juró dos cosas: primero, que no se dejaría intimidar por ninguna modelo italiana. Y segundo, que Dante Lombardi iba a pagar por cada sonrisa que le regalara a esa mujer en su presencia.

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