El regreso a la conciencia fue lento y confuso. Lo primero que Layla notó fue el olor. Ya no olía a trementina ni a pintura al óleo. Olía a sándalo, a lluvia y a hombre.
Abrió los ojos con pesadez. Estaba en la cama de la suite principal, tapada hasta la barbilla. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la lámpara de lectura del lado de Dante.
Giró la cabeza y lo vio.
Dante estaba sentado en el sillón de terciopelo junto a la cama, observándola. Ya no llevaba el traje manchado de p