Capítulo 4 - Sin Salida

El momento de intimidad forzada se rompió tan rápido como había empezado. Dante se apartó de ella bruscamente, como si el contacto con su piel le quemara, y se levantó de la cama en un movimiento fluido.

Layla se quedó allí, abrazándose las rodillas, viendo cómo su esposo —la palabra todavía le sabía a veneno en la boca— caminaba hacia el vestidor sin una pizca de pudor, completamente desnudo.

—El desayuno se sirve en veinte minutos —dijo él desde el interior del vestidor, su voz volviendo a ese tono gélido y profesional—. No llegues tarde. Odio comer solo.

Layla esperó a que él desapareciera para soltar el aire que había estado conteniendo. Se vistió con manos temblorosas, eligiendo un vestido sencillo de lana gris que encontró en el armario, el cual parecía haber sido llenado mágicamente con ropa de su talla durante la noche.

Cuando bajó al comedor, Dante ya estaba sentado a la cabecera de la mesa, vestido con un traje azul marino impecable, leyendo el Financial Times. Ni siquiera levantó la vista cuando ella entró.

Layla se sentó en el extremo opuesto, lo más lejos posible.

—Come —ordenó él, pasando la página del periódico.

—No tengo hambre.

Dante bajó el periódico lentamente y la miró.

—No fue una sugerencia. Estás delgada y pálida. Si vas a ser mi esposa, debes parecer saludable, no una mártir muerta de hambre.

Layla tomó una tostada con furia y le dio un mordisco pequeño, solo para que dejara de mirarla.

—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó ella—. ¿Me vas a encerrar aquí para siempre?

—Hoy tengo reuniones todo el día en la City —dijo Dante, ignorando su tono sarcástico—. Tú te quedarás aquí. La señora Danvers te mostrará la casa. Puedes usar la biblioteca, el gimnasio, la piscina cubierta... Si necesitas algo, pídeselo al servicio.

Sacó una tarjeta de crédito negra de su billetera y la deslizó sobre la mesa pulida hacia ella.

—Cómprate lo que necesites. Ropa, libros, lo que sea. Pero no salgas de la propiedad.

Layla miró la tarjeta con desprecio.

—No quiero tu dinero.

—Es una tarjeta corporativa adjunta a tu cuenta de gastos —dijo él, poniéndose de pie—. Úsala. Y Layla... —Se detuvo junto a su silla, inclinándose para apoyar las manos en los reposabrazos, atrapándola—. No intentes ninguna estupidez. La seguridad de Blackthorn Manor es... estricta.

Dante le dio un beso rápido y frío en la frente, un gesto posesivo que la hizo estremecerse, y salió del comedor sin mirar atrás.

Apenas escuchó el motor del coche alejarse, Layla se puso en pie.

—¿Señora Lombardi? —La señora Danvers apareció en la puerta como un espectro—. ¿Desea comenzar el recorrido por la casa?

—No, gracias. Prefiero explorar por mi cuenta —dijo Layla, intentando sonar segura.

La ama de llaves frunció los labios, pero asintió.

—Como desee. Estaré en mis habitaciones si me necesita.

Layla esperó cinco minutos y luego corrió hacia el vestíbulo. Necesitaba aire. Necesitaba salir de allí. Abrió la pesada puerta principal y el aire frío de la mañana la golpeó. La lluvia había cesado, dejando un cielo gris plomizo.

Comenzó a caminar rápido por el sendero de grava, hacia los grandes portones de hierro que había visto la noche anterior. Su corazón latía con fuerza. Solo tengo que llegar a la carretera, pensó. Puedo pedir un aventón, llegar a Londres, llamar a alguien...

¿A quién? Sus padres la habían vendido. Liam la había traicionado. No tenía a nadie.

Aun así, siguió caminando, acelerando el paso hasta casi correr. Los portones estaban a la vista. Estaban cerrados, pero había una caseta de seguridad al lado. Quizás el guardia la dejaría salir si le decía que iba a dar un paseo.

Estaba a cincuenta metros de la salida cuando dos hombres vestidos de negro salieron de la caseta, bloqueando el camino. No parecían guardias de seguridad normales; parecían militares.

—Buenos días, señora Lombardi —dijo uno de ellos, un hombre corpulento con cara de pocos amigos—. ¿Se le ofrece algo?

—Voy a dar un paseo —dijo Layla, intentando no jadear—. Abran la puerta, por favor.

—Lo siento, señora. Tenemos órdenes estrictas del señor Lombardi. Nadie entra ni sale sin su autorización expresa.

Layla sintió que la ira le calentaba la sangre.

—¡No soy una prisionera! ¡Soy su esposa! ¡Abran la maldita puerta!

—El señor Lombardi fue muy claro: "Por su propia seguridad, mi esposa no debe abandonar el perímetro".

Layla miró la reja. Era demasiado alta para trepar. Los muros de piedra se extendían hacia el bosque y seguramente había cámaras por todas partes. Dante no mentía. Era una jaula de oro.

—¡Esto es un secuestro! —gritó, sabiendo que era inútil.

El guardia la miró con indiferencia.

—Le sugiero que vuelva a la casa, señora. Va a empezar a llover de nuevo.

Derrotada y humillada, Layla dio media vuelta. Mientras caminaba de regreso a la mansión, sintió el peso de las gárgolas de piedra observándola desde el tejado.

Al entrar en el vestíbulo, se encontró con la señora Danvers, quien estaba limpiando un jarrón que no tenía ni una mota de polvo. La mujer levantó la vista y, por un segundo, Layla vio un brillo de lástima —o quizás de burla— en sus ojos.

—El té se servirá en el salón azul a las cuatro, señora —dijo la gobernanta, como si Layla no acabara de intentar fugarse.

Layla subió corriendo las escaleras, se encerró en la suite principal y se dejó caer en la cama, frustrada.

Sonó el teléfono fijo de la habitación. El sonido estridente la hizo saltar.

Layla lo miró con recelo. Lo descolgó lentamente.

—¿Diga?

—Me han dicho que has intentado dar un paseo —la voz de Dante sonó grave y peligrosamente tranquila al otro lado de la línea.

Layla apretó el auricular.

—Tus gorilas no me dejaron salir.

—Hacen su trabajo. Te dije que no hicieras estupideces, Layla.

—¡Soy una persona, Dante! ¡No puedes tenerme encerrada aquí!

—Puedo y lo haré hasta que entres en razón y aceptes tu nueva realidad —Dante hizo una pausa, y se oyó el sonido de papeles moviéndose de fondo—. Prepárate. Esta noche tenemos una cena de gala en la fundación de la empresa.

—No voy a ir.

—Oh, sí irás. Y sonreírás, y te colgarás de mi brazo, y fingirás que eres la mujer más feliz del mundo por haberse casado conmigo.

—¿Y si no lo hago?

—Entonces recordaré que tu padre todavía tiene una deuda pendiente conmigo. Compré su libertad, Layla, pero puedo devolverlo a la ruina con una sola llamada. Tú decides. ¿Quieres ser la hija obediente que salva a su papi, o la rebelde que lo condena?

La línea se quedó en silencio, solo se escuchaba la respiración agitada de Layla.

—Te odio —susurró ella.

—Ponte el vestido rojo que envié al vestidor —dijo Dante antes de colgar—. Te veo a las siete.

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