Mundo ficciónIniciar sesiónEl portazo del Rolls Royce cerró el mundo exterior, dejando fuera la lluvia y las luces de Londres, pero atrapando dentro una tensión tan densa que casi podía masticarse.
El coche se puso en marcha suavemente, deslizándose por las calles mojadas. La cabina trasera estaba en penumbras, iluminada solo por los destellos fugaces de las farolas que pasaban a toda velocidad.
Layla se pegó a su puerta, tratando de poner la mayor distancia física posible entre ella y el hombre que ocupaba el otro lado del asiento de cuero. Todavía podía sentir el fantasma de sus labios sobre los de ella. Sus pulsaciones seguían disparadas, golpeando sus oídos como un tambor de guerra.
Dante, por el contrario, parecía la imagen de la calma. Se había aflojado la pajarita y desabrochado el primer botón de la camisa, exponiendo un triángulo de piel bronceada en su garganta. Estaba recostado con una elegancia indolente, mirándola. Siempre mirándola.
—Deja de tocarte la boca —dijo él, rompiendo el silencio con esa voz grave que vibraba en el pecho de Layla.
Layla bajó la mano de sus labios bruscamente, como si la hubieran pillado cometiendo un delito.
—No me estaba tocando la boca.
—Mientes mal, Layla. Es algo en lo que tendremos que trabajar.
—Y tú actúas demasiado bien —contraatacó ella, girándose para enfrentarlo. La ira era más segura que el deseo—. Lo que hiciste allá adentro... fue innecesario. Humillaste a Liam frente a toda la ciudad.
Dante soltó una risa seca, carente de humor.
—¿Yo lo humillé? Él se humilló solo al intentar burlarse de ti. Yo simplemente le recordé quién es el dueño de la cadena alimenticia. Deberías agradecerme.
—¿Agradecerte? —Layla sintió que la cara le ardía—. ¿Por besarme como si fuera... como si fuera tu posesión?
Dante se movió. Fue rápido, depredador. En un segundo, acortó la distancia en el asiento trasero y atrapó la barbilla de Layla entre sus dedos largos y fuertes, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Eres mi posesión, Layla. Tengo un papel firmado que lo dice. Llevas mi anillo. Vives en mi casa. Y créeme, ese beso fue lo más real que ha pasado en tu vida en los últimos años.
—Fue una actuación —insistió ella, aunque le temblaba la voz—. Lo hice para que Liam viera que no me importaba. No sentí nada.
Los ojos de Dante brillaron peligrosamente en la oscuridad.
—¿Nada?
—Nada.
Dante sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa del diablo cuando te atrapa en una mentira.
—Vamos a poner eso a prueba.
Antes de que Layla pudiera protestar, Dante deslizó su mano desde la barbilla hasta la nuca de ella, enredando sus dedos en el moño perfecto y tirando suavemente para exponer su garganta. Bajó la cabeza y rozó la piel sensible bajo su oreja con la nariz, aspirando su aroma.
Layla se quedó paralizada. Su cuerpo la traicionó al instante; un escalofrío eléctrico recorrió su columna vertebral y sus pezones se endurecieron dolorosamente contra la seda del vestido rojo.
—Tu corazón va a mil por hora —murmuró Dante contra su piel. Su mano libre bajó, trazando el camino desde su hombro hasta la curva de su cintura, y luego más abajo, deteniéndose peligrosamente cerca de la abertura del vestido en su muslo—. Tu respiración se ha cortado. Y tu piel está ardiendo.
—Es... es miedo —jadeó Layla, cerrando los ojos.
—No —Dante besó el punto exacto donde latía su pulso en el cuello, y Layla soltó un gemido involuntario—. El miedo huele agrio. Esto... esto huele a deseo. Huele a la misma desesperación de esta mañana en mi cama.
Dante subió la mano por su muslo desnudo, sus dedos ásperos y calientes contra la piel suave. Layla arqueó la espalda instintivamente, buscando más contacto, olvidando por un segundo que lo odiaba, que era su enemigo, que la había comprado.
Dante levantó la cabeza. Sus labios estaban a milímetros de los de ella.
—Dímelo —exigió él en un susurro ronco—. Dime que no sientes nada y pararé.
Layla abrió la boca, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Quería que la besara. Dios, lo deseaba con una intensidad que la asustaba. Miró sus labios, luego sus ojos negros.
—Dante... —susurró, rindiéndose.
Él se inclinó, a punto de sellar su boca con la de ella, a punto de cruzar la línea de no retorno.
Riiing.
El sonido estridente de un teléfono rompió el hechizo como un martillazo en un cristal.
Dante se detuvo en seco.
Layla parpadeó, aturdida, como si despertara de un trance.
Dante se apartó de ella con una frialdad mecánica. La mano que había estado en su muslo desapareció. El calor se esfumó. Sacó su teléfono del bolsillo interior de la chaqueta y miró la pantalla. Su expresión cambió instantáneamente: el amante oscuro desapareció y el CEO despiadado tomó su lugar.
—Lombardi —contestó, su voz sonando tan nítida y profesional como si no hubiera estado a punto de devorar a su esposa en el asiento trasero de un coche.
Layla se encogió en su esquina, sintiéndose repentinamente fría y estúpida. Se arregló el vestido con manos temblorosas, avergonzada de su propia reacción.
—Sí, he visto los informes asiáticos —dijo Dante al teléfono, ignorando completamente la presencia de Layla—. Véndelo todo. No me importan las pérdidas a corto plazo. Quiero liquidez para la adquisición de mañana. Sí. Hazlo ahora.
Colgó y guardó el teléfono. Se recostó en su asiento y miró por la ventana, como si Layla no existiera.
El silencio se alargó, doloroso y humillante.
—¿Vas a... vas a ignorar lo que acaba de pasar? —preguntó Layla, odiándose por sonar tan débil.
Dante giró la cabeza lentamente. Su máscara de hielo estaba de vuelta, intacta.
—No pasó nada, Layla. Casi cometemos un error, eso es todo.
—¿Un error? —repitió ella, incrédula.
—El contrato exige herederos, pero no exige... complicaciones emocionales —dijo él con crueldad—. Me dejé llevar por el momento. No volverá a ocurrir. Tengo negocios que atender.
Layla sintió que las lágrimas picaban en sus ojos, pero se negó a derramarlas. Apretó los dientes y miró por su propia ventana.
—Eres de hielo, Dante.
—El hielo no se rompe, Layla —respondió él, volviendo a mirar su tablet—. El hielo sobrevive. Deberías aprender la lección.
El resto del viaje transcurrió en un silencio absoluto. Pero en el reflejo oscuro de la ventanilla, Layla vio a Dante aflojarse el cuello de la camisa una vez más, y notó que su mano, la que sostenía la tablet, tenía los nudillos blancos por la fuerza con la que la apretaba.
Quizás el hielo no era tan sólido como él pretendía.







