Inicio / Romance / VENDIDA AL ENEMIGO DE MI PROMETIDO / Capítulo 7 - La Prensa y el Escándalo
Capítulo 7 - La Prensa y el Escándalo

Layla despertó con la sensación de pesadez en el cuerpo, como si hubiera corrido un maratón mientras dormía. La cama estaba vacía a su lado. Las sábanas del lado de Dante estaban frías; llevaba horas levantado.

Se frotó los ojos, apartando los recuerdos de la noche anterior. El beso en la gala. El casi-beso en el coche. La frialdad posterior. «El hielo sobrevive», le había dicho él.

Se levantó y se puso una bata de seda que encontró a los pies de la cama. Al bajar las escaleras, la casa estaba en un silencio absoluto, roto solo por el sonido de la lluvia golpeando los cristales. Londres parecía decidida a ahogarse en agua gris.

Entró en el comedor esperando encontrarlo vacío, pero Dante estaba allí.

Estaba sentado en la cabecera, como siempre, pero esta vez no estaba leyendo el periódico. Estaba mirando su tablet con una intensidad que podría haber perforado el acero. Su mandíbula estaba tan tensa que un músculo saltaba en su mejilla.

—Buenos días —murmuró Layla.

Dante levantó la vista. Sus ojos eran tormentosos.

—No mires el teléfono —fue lo primero que dijo. No hubo saludo, ni "¿cómo dormiste?". Solo una orden tajante.

Layla se detuvo a mitad de camino hacia su silla.

—¿Qué?

—No enciendas la televisión. No mires tu teléfono. Y no salgas al jardín; los paparazzis están acampando en la reja con teleobjetivos.

El estómago de Layla dio un vuelco. Ignorando la advertencia de Dante, miró hacia la mesa auxiliar donde la señora Danvers solía dejar la prensa matutina. Los periódicos estaban allí, extendidos como un abanico de desgracias.

Layla corrió hacia ellos antes de que Dante pudiera detenerla.

El titular del Daily Mail gritaba en letras negras y gruesas:

¿LA BELLA Y LA BESTIA O LA VENTA DEL SIGLO?

Debajo, una foto a página completa de la noche anterior. Dante la agarraba de la cintura con posesión, mirándola con esa intensidad depredadora, mientras ella parecía frágil y deslumbrante en su vestido rojo.

Pero no fue la foto lo que le heló la sangre. Fue el subtítulo.

«Fuentes cercanas a la familia Vance confirman: Layla Scott, la novia fugitiva, abandonó al heredero Liam Vance por una suma millonaria pagada por el magnate Dante Lombardi. "Ella siempre tuvo un precio", declara el ex-prometido despechado.»

Layla tomó el siguiente periódico. The Sun era aún más cruel:

DE PROMETIDA A PROSTITUTA DE LUJO: EL CONTRATO LOMBARDI.

Las lágrimas brotaron de sus ojos antes de que pudiera detenerlas. Un sollozo agónico se le escapó de la garganta.

—Dios mío... —susurró, dejando caer el periódico como si estuviera contaminado—. Todo el mundo lo cree. Creen que soy... creen que me vendí por ambición.

Liam había cumplido su amenaza. No solo la había destruido en privado; ahora la estaba destruyendo públicamente. Estaba reescribiendo la historia para quedar como la víctima y pintarla a ella como una cazafortunas sin escrúpulos.

Sintió que las piernas le fallaban y se apoyó en la mesa para no caer.

—Layla.

La voz de Dante sonó cerca. Layla levantó la vista, esperando ver lástima o disgusto. Pero Dante no se había movido de su silla. La miraba con una calma aterradora.

—Te dije que no miraras.

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? —gritó ella, con la voz rota por la histeria—. ¡Están diciendo que soy una puta! ¡Están arrastrando el nombre de mi familia por el fango! ¡Liam está ganando!

Layla se cubrió la cara con las manos, llorando de pura impotencia. Esperaba que Dante se levantara. Que la abrazara. Que le dijera que todo iría bien. Era lo que cualquier esposo haría, ¿no?

Pero Dante no se levantó.

—Ven aquí —ordenó.

Layla negó con la cabeza, sollozando.

—¡Ven aquí! —su voz fue un latigazo que la hizo saltar.

Layla se acercó a él, temblando, limpiándose las lágrimas con rabia. Se detuvo a su lado. Dante giró la pantalla de su tablet hacia ella.

—Mira.

Layla parpadeó, tratando de enfocar a través de las lágrimas. En la pantalla había un gráfico bursátil lleno de líneas rojas y verdes que subían y bajaban frenéticamente.

—¿Qué es esto? —preguntó, confundida.

—Estas son las acciones de Vance Global, la empresa matriz de Liam y su padre —explicó Dante con un tono clínico, desprovisto de emoción—. ¿Ves esta línea roja que cae en picado?

Layla miró. La línea roja estaba colapsando verticalmente.

—Hace diez minutos, di la orden de liberar al mercado una deuda tóxica que adquirí de sus subsidiarias en Asia hace meses. También filtré un informe real sobre sus irregularidades fiscales en las Islas Caimán.

Dante pulsó un botón en la pantalla.

—Y esto... —dijo mientras una nueva barra roja aparecía en el gráfico— es lo que pasa cuando retiro mi apoyo a sus bonos de crédito.

Layla observó, hipnotizada, cómo los números en la pantalla cambiaban a una velocidad vertiginosa. Millones de libras se estaban evaporando en tiempo real.

El teléfono de Dante, que estaba sobre la mesa, comenzó a vibrar. El nombre en la pantalla decía: Liam Vance.

Dante lo miró, sonrió con esa frialdad que helaba la sangre, y rechazó la llamada.

—En este momento, Liam está perdiendo aproximadamente dos millones de libras por minuto —dijo Dante, volviendo a mirar a Layla—. Para la hora del almuerzo, habrá perdido la mitad de su fortuna personal. Para la cena, su junta directiva estará pidiendo su cabeza.

Dante dejó la tablet sobre la mesa y, finalmente, se giró en su silla para encararla completamente. Extendió la mano y, con el pulgar, limpió una lágrima de la mejilla de Layla. El gesto fue rudo, pero extrañamente íntimo.

—No llores, Layla. Las lágrimas son un desperdicio de energía.

—Él... él dijo esas cosas horribles de mí... —sollozó ella, aunque su llanto comenzaba a calmarse ante la demostración de poder bruto que acababa de presenciar.

—Deja que hable —dijo Dante con desdén—. Las palabras son el arma de los débiles. Liam puede tener los titulares de hoy, Layla, pero yo tengo su futuro en mi bolsillo. Y lo estoy aplastando.

Dante se levantó, imponiendo su altura sobre ella.

—Nadie toca lo que es mío —dijo en voz baja, y sus ojos negros brillaron con una promesa oscura—. Ni con las manos, ni con las palabras. Él te insultó. Yo le quité su imperio. Creo que es un intercambio justo.

Layla lo miró, atónita. No lo había hecho por justicia moral. No lo había hecho porque fuera lo correcto. Lo había hecho porque ella era suya. Era una protección posesiva, casi primitiva, disfrazada de maniobra financiera.

—¿Lo has arruinado... por mí?

—Lo he arruinado porque te faltó al respeto —corrigió Dante, ajustándose los gemelos de la camisa—. Y porque nadie insulta a la señora Lombardi y sale impune.

Dante tomó su saco del respaldo de la silla.

—Sécate la cara. Tienes una sesión de fotos con Vogue a las dos de la tarde. Vamos a darles una nueva portada que haga que se olviden de la basura de Liam. Vas a salir ahí fuera, vas a lucir intocable, y vas a sonreír mientras el mundo de tu ex se quema a tus espaldas.

Caminó hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir.

—Ah, y Layla... —Se giró, mirándola una última vez—. Si vuelve a llamar, no contestes. A los hombres arruinados les gusta suplicar, y no quiero que escuches sus lamentos.

Dante salió del comedor, dejando a Layla sola con los periódicos tirados en el suelo y la tablet brillando sobre la mesa, mostrando la línea roja que seguía cayendo, cayendo y cayendo.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP