Mundo ficciónIniciar sesión—Haz la maleta. Nos vamos a Milán en dos horas.
Dante soltó la orden mientras se ajustaba el reloj de pulsera en el vestíbulo, sin siquiera molestarse en mirar a Layla a los ojos. Llevaba tres días ignorándola, dedicando cada minuto de su tiempo a Alessandra y a las "reuniones estratégicas" en su despacho, de donde salían risas que se clavaban en el orgullo de Layla como agujas.
Layla, que bajaba las escaleras con un libro en la mano, se detuvo en seco.
—¿Perdón?
—Hay problemas con la fusión en Italia. Tengo que ir personalmente. Y tú vienes conmigo.
—No voy a ir —dijo Layla con firmeza—. No pienso ir a Italia para ver cómo coqueteas con tu "socia" en otro idioma mientras yo me quedo en el hotel pintando cuadros que odias.
Dante levantó la vista. Su expresión era de puro aburrimiento.
—Alessandra viene con nosotros, por supuesto. Es vital para la negociación. Y tú vienes porque, según el contrato, debes acompañarme a los eventos corporativos importantes. La prensa italiana espera ver a los felices recién casados.
—¿Y si me niego?
—Entonces te llevaré al hombro hasta el avión. Tú decides: por las buenas, caminando como una dama; o por las malas, gritando como una niña. De cualquier forma, estarás en ese jet.
Layla apretó el libro contra su pecho, imaginando que era la cabeza de Dante.
—Te odio.
—Lo sé. Tienes una hora.
El jet privado de Lombardi Enterprises era un palacio volador. Asientos de cuero crema, madera de caoba pulida y una azafata que servía champán antes incluso de despegar.
Pero para Layla, era una cámara de tortura.
Alessandra ya estaba instalada en uno de los sillones principales, con las largas piernas cruzadas y una copa de mimosa en la mano.
—Ciao, cara —saludó con una sonrisa depredadora—. Llegas tarde. Dante odia los retrasos.
Layla la ignoró y se sentó en el asiento individual al otro lado del pasillo. Dante subió poco después, hablando por teléfono en italiano, y se sentó frente a Alessandra, abriendo inmediatamente su portátil.
—¿Repasamos las cifras de la Toscana, caro? —ronroneó Alessandra, inclinándose hacia él de tal manera que su escote quedó peligrosamente cerca de la mano de Dante.
—Adelante —respondió él, sin apartarse.
Durante la primera hora de vuelo, Layla fue invisible. Dante y Alessandra hablaban de negocios, reían de chistes privados y compartían un espacio íntimo que la excluía por completo. Layla se puso los auriculares y miró por la ventanilla, tratando de concentrarse en las nubes, pero el nudo en su garganta no la dejaba respirar.
Se sentía pequeña. Se sentía estúpida por haber creído, aunque fuera por un segundo en la gala, que ella significaba algo para él. Solo era un contrato. Alessandra era su igual.
De repente, el avión dio una sacudida violenta.
La copa de champán de Alessandra se derramó sobre la mesa. Las luces de la cabina parpadearon.
Layla soltó un grito ahogado, aferrándose a los reposabrazos con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Odiaba volar. Y odiaba las turbulencias aún más.
—Señores, por favor abróchense los cinturones —la voz del piloto sonó tensa por los altavoces—. Estamos atravesando una tormenta inesperada sobre los Alpes. Va a moverse un poco.
El avión cayó en picado durante dos segundos que parecieron eternos. El estómago de Layla se le subió a la garganta. Cerró los ojos, hiperventilando.
—¡Dante! —chilló Alessandra, extendiendo la mano hacia él—. ¡Haz algo!
Pero Dante no estaba mirando a Alessandra.
En el momento en que el avión cayó, Dante se había desabrochado el cinturón de seguridad, ignorando la señal luminosa. Se levantó tambaleándose por el movimiento brusco del suelo y cruzó el pasillo en dos zancadas hacia Layla.
—Mírame —ordenó, agachándose frente a ella y atrapando sus manos heladas entre las suyas.
Layla abrió los ojos, aterrorizada. El avión se sacudió de nuevo, violentamente.
—Vamos a caer... —susurró ella, con lágrimas en los ojos.
—No vamos a caer —dijo Dante con una certeza absoluta, como si él pudiera ordenarle al viento que se detuviera—. Es solo aire, Layla. Mírame a mí. No mires la ventana. Mírame a los ojos.
Su voz era firme, un ancla en medio del caos. Sus pulgares acariciaban los nudillos de ella con fuerza.
—Dante, siéntate, es peligroso... —gritó Alessandra desde su asiento, visiblemente molesta porque él la hubiera ignorado.
—¡Cállate, Alessandra! —rugió Dante sin girarse, sin romper el contacto visual con Layla—. ¡Respira, Layla! Inspira... expira. Conmigo.
Layla se concentró en los ojos negros de Dante. Eran oscuros, sí, pero en ese momento no había frialdad. Había una intensidad feroz, una protección absoluta. Él estaba allí, de rodillas en el pasillo de un avión que se sacudía, solo para asegurarse de que ella no entrara en pánico.
—Eso es —murmuró él cuando ella logró acompasar su respiración con la de él—. No voy a dejar que te pase nada. ¿Me oyes? Mientras yo esté aquí, nada te tocará. Ni el viento, ni el miedo.
El avión dio una última sacudida fuerte y luego, milagrosamente, se estabilizó. El zumbido de los motores volvió a ser constante.
Dante no se movió. Siguió sosteniendo sus manos, arrodillado frente a ella, escrutando su rostro en busca de cualquier rastro de pánico restante.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
Layla asintió, incapaz de hablar. Su corazón latía desbocado, pero ya no por el miedo al avión. Latía por él. Por la forma en que había cruzado el pasillo sin dudarlo. Por cómo había mandado callar a Alessandra.
Dante soltó una respiración profunda, se puso de pie y se pasó una mano por el cabello, recuperando la compostura. Pero antes de alejarse, se inclinó y besó la frente de Layla. Un beso largo, pesado.
—Ya pasó.
Se giró para volver a su asiento. Alessandra lo miraba con los ojos entrecerrados y los labios apretados en una línea fina. Estaba furiosa. Por primera vez, la "vieja amiga" se había dado cuenta de que quizás, solo quizás, la esposa por contrato no era tan insignificante como pensaba.
—Eso fue... imprudente, Dante —dijo Alessandra con frialdad—. Podrías haberte lastimado.
Dante se abrochó el cinturón y volvió a abrir su portátil, pero su tono fue cortante.
—Seguimos con el informe, Alessandra. Y la próxima vez que te diga que te calles, hazlo.
Layla se recostó en su asiento, todavía temblando, pero con una pequeña y extraña calidez en el pecho. Dante Lombardi era un monstruo, sí. Pero era su monstruo.







