—Haz la maleta. Nos vamos a Milán en dos horas.
Dante soltó la orden mientras se ajustaba el reloj de pulsera en el vestíbulo, sin siquiera molestarse en mirar a Layla a los ojos. Llevaba tres días ignorándola, dedicando cada minuto de su tiempo a Alessandra y a las "reuniones estratégicas" en su despacho, de donde salían risas que se clavaban en el orgullo de Layla como agujas.
Layla, que bajaba las escaleras con un libro en la mano, se detuvo en seco.
—¿Perdón?
—Hay problemas con la fusión en