Mundo ficciónIniciar sesiónEl viaje en el Rolls Royce fue silencioso y asfixiante. Layla se mantuvo pegada a la puerta, mirando cómo las luces de la ciudad daban paso a carreteras más oscuras y arboladas. Cuando el coche finalmente giró, atravesando unos imponentes portones de hierro forjado que se abrieron automáticamente, Layla contuvo el aliento.
No era una casa. Era una fortaleza.
Ante ella se alzaba una mansión de piedra gris, rodeada de bosques oscuros. La arquitectura era antigua, intimidante, con gárgolas de piedra vigilando desde los aleros bajo la lluvia, pero las ventanas eran enormes paneles de cristal moderno que brillaban con luz cálida, creando un contraste inquietante entre el pasado y el presente.
—Bienvenida a Blackthorn Manor —murmuró Dante a su lado, con un tono que sugería que prisión hubiera sido un nombre más adecuado.
El coche se detuvo frente a la entrada principal. El chófer abrió la puerta, y el aire frío de la noche golpeó el rostro de Layla, despertándola de su aturdimiento.
—Vamos —ordenó Dante, bajando y esperándola. No le ofreció la mano. Simplemente, esperó a que ella lo siguiera, como el dueño espera a su mascota.
Al entrar, Layla se sintió empequeñecida. El vestíbulo era una caverna de mármol negro y techos de doble altura. Una lámpara de araña de cristal, que parecía una cascada congelada, colgaba sobre ellos. No había fotos familiares, ni flores, ni rastro de calidez. La casa era tan fría y hermosa como su dueño.
Una mujer mayor, con uniforme impecable y el cabello gris recogido en un moño severo, los esperaba de pie junto a la escalera principal.
—Buenas noches, señor Lombardi —dijo la mujer con acento británico formal—. La cena está servida en el comedor principal.
—Gracias, señora Danvers. Esta es Layla... mi esposa.
La gobernanta levantó una ceja apenas un milímetro, sus ojos recorriendo a Layla de arriba abajo, notando su ropa húmeda y su palidez.
—Bienvenida, señora Lombardi. ¿Desea que lleve su equipaje a la habitación de invitados?
Layla abrió la boca para decir que sí, por favor, que la pusiera en la habitación más alejada posible, quizás en el sótano o en el ático.
—No —interrumpió Dante con voz suave pero firme—. Lleve sus cosas a la suite principal. Mi esposa dormirá conmigo.
La señora Danvers asintió sin cambiar su expresión y chasqueó los dedos para que un mozo se llevara la maleta. Layla se giró hacia Dante, furiosa.
—No voy a dormir contigo —siseó en voz baja para que el servicio no la oyera.
Dante la ignoró y comenzó a caminar hacia el comedor.
—Tengo hambre, Layla. Y tú deberías comer. Estás pálida y necesito que tengas fuerzas.
—¿Fuerzas para qué? —preguntó ella, siguiéndolo a regañadientes porque no sabía a dónde más ir.
Dante se detuvo en el umbral del comedor, donde una mesa larga estaba preparada para dos, con velas que parpadeaban suavemente. Se giró hacia ella, y la luz de las velas bailó en sus ojos oscuros, dándole un aspecto diabólico.
—Para sobrevivir a mí.
La cena fue una tortura silenciosa. Layla apenas probó la crema de espárragos, sintiendo el estómago cerrado. Dante, por el contrario, comió con apetito, bebiendo una copa de vino tinto mientras revisaba algo en su teléfono, ignorándola por completo.
Esa indiferencia la hería más que sus palabras. Para él, ella era un mueble más que acababa de adquirir.
Cuando terminaron, Dante se puso de pie.
—Arriba. Es tarde.
El corazón de Layla comenzó a latir desbocado contra sus costillas. Arriba. La palabra sonaba a sentencia.
Lo siguió por la interminable escalera de mármol, sintiendo que caminaba hacia el cadalso. Llegaron a una puerta doble de madera maciza al final del pasillo del ala este. Dante la abrió y Layla entró en la boca del lobo.
La habitación era inmensa. Tenía una chimenea de gas encendida frente a una cama king size que parecía un campo de batalla de sábanas grises. Había un vestidor del tamaño de su antiguo dormitorio y un baño con paredes de cristal que daba al bosque.
—El baño es todo tuyo —dijo Dante, aflojándose el nudo de la corbata con una mano—. Hay ropa de dormir nueva en el vestidor. Tira lo que traigas puesto. Huele a miedo y a lluvia.
Layla se refugió en el baño, cerrando la puerta con pestillo, aunque sabía que era inútil. Si él quería entrar, entraría. Se dio una ducha rápida, frotándose la piel hasta dejarla roja, intentando quitarse la sensación de suciedad de todo el día.
Encontró un camisón de seda negra en el vestidor. Era elegante, pero dejaba demasiada piel al descubierto. Se lo puso porque no tenía otra opción y salió a la habitación, cruzando los brazos sobre el pecho.
Dante ya estaba en la cama.
Llevaba solo unos pantalones de pijama de seda sueltos. Su torso desnudo brillaba a la luz de la chimenea, revelando cada músculo esculpido y ese tatuaje que ella no había visto bien en el hotel: una frase en italiano que recorría sus costillas derechas.
Él estaba leyendo un documento en una tablet, apoyado en el cabecero. Cuando la vio, dejó la tablet en la mesita de noche —la misma clase de mesita donde ella había dejado el dinero esta mañana— y la miró.
—Deja de temblar —dijo él—. Es insultante.
—No estoy temblando —mintió Layla, aunque sus dientes casi castañeteaban.
—Ven a la cama.
Layla se quedó plantada en la alfombra.
—Dante... por favor. Podemos ser civilizados. Puedo dormir en el sofá...
—Cláusula cuatro —recitó él sin pestañear—. Cohabitación.
—¡El contrato no dice que tengamos que dormir en el mismo colchón!
Dante suspiró, como si estuviera tratando con una niña caprichosa. En un movimiento fluido, apartó las sábanas de su lado.
—Layla, esta mañana te metiste en mi cama por voluntad propia. Me suplicaste que te tocara. ¿Ahora te vas a hacer la virgen ofendida?
El recuerdo la abofeteó. «Quiero que me hagas olvidar».
—Estaba borracha. Y desesperada. Y... ¡creí que eras otra persona!
Los ojos de Dante se oscurecieron.
—Ese fue tu error. Pero ahora sabes quién soy. Soy tu esposo. Y no voy a perseguirte por mi propia habitación. Tienes tres segundos para meterte en esta cama, o te juro que iré a buscarte, te ataré a la cabecera y pasaremos la noche negociando la cláusula de "consumación del matrimonio" de nuevo. Uno...
Layla no esperó al dos. Corrió hacia la cama y se deslizó bajo las sábanas lo más lejos posible de él, quedándose al borde del colchón, dándole la espalda.
Sintió el peso de Dante hundirse en el colchón a su lado. Su calor corporal irradiaba como un horno, quemándola a pesar de la distancia.
Dante apagó la luz, sumiendo la habitación en penumbras, iluminada solo por el resplandor de las brasas.
—Buenas noches, esposa —murmuró él.
Layla se quedó rígida, esperando que él la tocara. Esperando una mano en su cintura, un aliento en su cuello. Pero él no se movió. Su respiración se volvió lenta y regular.
Layla tardó horas en relajarse. El cansancio emocional finalmente la venció y sus ojos se cerraron.
No supo en qué momento de la noche sucedió, pero el frío del borde de la cama la hizo buscar calor inconscientemente. Se giró dormida y se acurrucó contra lo único cálido que había cerca.
Cuando el primer rayo de sol entró por la ventana, Layla despertó con una sensación de paz que no duró ni un segundo.
Abrió los ojos y se dio cuenta de que no estaba en el borde. Estaba en el centro de la cama. Su cabeza descansaba sobre un pecho duro y desnudo. Una pierna pesada y musculosa estaba entrelazada con las suyas, inmovilizándola. Y un brazo fuerte la rodeaba por la cintura, manteniéndola prisionera contra él.
Levantó la vista lentamente, conteniendo la respiración.
Dante estaba despierto. La estaba mirando. Sus rostros estaban a centímetros de distancia.
—Te mueves mucho cuando duermes —susurró él con voz ronca de recién despertado, sus ojos fijos en los labios de ella—. Es una suerte que tenga buenos reflejos. De lo contrario, habrías caído al suelo.
Layla intentó apartarse, pero el brazo en su cintura se tensó, impidiéndole la huida.
—Suéltame —pidió ella, aunque su voz salió como un suspiro débil.
—Todavía no —respondió Dante, y su mirada bajó al escote de su camisón—. Estamos en mi parte favorita de la mañana. Esa en la que recuerdas que eres mía.







