punto de vista Marcelo
El dolor punzante en mi cabeza no me daba tregua; la noche anterior había excedido con las copas y mis nervios estaban al límite. Abrí los ojos con lentitud y noté que Valeria ya no estaba a mi lado. Miré la hora en el teléfono: ya era tarde, seguramente ella ya habría comenzado sus terapias.
De pronto, la puerta se abrió y apareció Valeria, empujando su silla de ruedas con nuestra hija en brazos.
—Hola, cariño, me alegra verte mejor. ¿Cómo llevas la resaca? —dijo con una