Marcelo
Mis ojos brillaron al contemplar el gran diamante del anillo que había elegido para Valeria. Por fin, después de tanto tiempo, estaba listo para pedirle que fuera mi esposa. Nuestro hijo estaba a punto de nacer y, en los últimos días, el hogar se había llenado de paz, armonía y, sobre todo, de un amor inmenso.
Confieso que Valeria todavía tiene pesadillas. Aún carga con el peso de lo vivido a causa de mi madre, y me parte el alma tener que abrazarla mientras llora, intentando calmar su