Había llegado el día, esperó que pasaran los días solo para ver si la idea se iba, pero no fue así.
Nerea, vestida con cuidado para la ocasión, se encontraba junto a la ventana, su silueta delineada contra el vidrio por la luz tenue de la habitación. La ansiedad le recorría el cuerpo como una corriente eléctrica, anticipando el dolor y la permanencia de su primer tatuaje.
Sí, ya no había marcha atrás.
Deslizó sus dedos por su piel, justo donde iría el tatuaje.
Egor apareció en la puerta de la