Tres años después.
—Maxim…—la voz suave de su madre interrumpió su sueño. El niño abrió los ojos, mirando con aquellos ojos color miel a su madre, su cabello negro como la noche caía a ambos lados de su cara mientras él arrugaba el ceño para luego sonreír al darse cuenta de que ya había amanecido.
—Mamá, tengo sueño—dijo como pudo, su voz dulce, suave, tranquila a pesar de que deseaba quedarse en la cama. A sus dos años hablaba perfectamente, se movió en la pequeña cama, a punto de caerse, los b