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El hombre seguía allí, frente a ella, sin pronunciar la confesión, y Valeria se sentía morir por dentro. Su corazón latía con tanta fuerza que casi podía sentir el sonido en sus oídos. Era como si dentro de ella, hasta las mariposas se hubieran puesto de acuerdo para aletear con más vehemencia. Sentía un constante revoloteo en la boca del estómago, y tragaba saliva con dificultad, esperando a que hablara.

Alexander, todavía inseguro, permaneció en silencio durante unos segundos que parecieron
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