Cuando la luz del amanecer se filtra entre las cortinas, abro los ojos lentamente. El espacio a mi lado está vacío y tampoco oigo el agua correr en el baño. Supongo que Nikolaus ha salido temprano hacia el trabajo. Sin embargo, la puerta se abre y entonces los veo: mi futuro esposo y mi hijo, entrando con una charola repleta de desayuno.
—Buenos días, amor —dice el alemán en un murmullo que suena a caricia.
—Buenos días, cariño —respondo, con el corazón colmándose de ternura.
—Hoy desayunaremos