Trago saliva con dificultad. No tiene sentido intentar ocultar la verdad con un dedo. La realidad es esa, cruel y contundente: yo mismo le arranqué la posibilidad de ser quien quería ser.
—¿Eva, estás bien? —la voz de Kuno interrumpe mis pensamientos antes de que lleguemos al ascensor.
—Sí, lo llevaré a casa. Se descompensó. —responde ella con calma, ajustando un poco más mi peso sobre su costado—. Por favor, quédate y asegúrate de tener la charla con los proveedores, yo le avisaré a Nikolaus.