—Sigo sin entender.
—Supongo que veías cómo en mi casa todos me odiaban. —sus ojos brillan, pero no me mira—. Y siempre estabas ahí, defendiéndome, jurando que te casarías conmigo cuando creciéramos, que me sacarías de ese infierno, que me consentirías y me mimarías.
—Eva… no lo recuerdo.
—Me sacaste de un sufrimiento… para meterme en otro. —su risa se quiebra y por primera vez veo lágrimas resbalar por sus mejillas—. Lamento no poder refrescarte la memoria. Puedes tomar mis palabras como ciert