La sensualidad que brota de ella es distinta, más madura, más consciente. No sé de dónde ha nacido o desde cuándo la cultiva, pero cumple su cometido con maestría. Me hechiza, me embriaga, me enloquece y me arrastra tras de sí sin remedio. No puedo apartar la mirada de sus ojos, esos ojos que son un conjuro, un embrujo del que jamás quiero escapar.
—Te amo. —declaro con voz firme.
Es lo único que logra escapar de mis labios en medio de la tormenta de emociones que me arrasa. Eva se sienta sobre