Mundo ficciónIniciar sesiónTras una serie de eventos desafortunados que culminan en su expulsión de la universidad, los padres de Holly, agotados de sus problemas, toman una decisión drástica: enviarla a un convento con la esperanza de que encuentre paz y el camino para convertirse en monja. Holly, sin rumbo y sin opciones, se resigna a una vida que no eligió. Sin embargo, inesperadamente conoce al padre David Gallagher, un sacerdote cautivador y complejo, el cual trastoca sus expectativas. Entre conversaciones y silencios compartidos, Holly siente cómo nace algo que desafía todas las reglas. Con el riesgo constante de ser descubiertos, ambos enfrentan no solo los obstáculos externos, sino también sus propios miedos y sombras del pasado, los demonios que los persiguen. Ahora deberán cuestionarse: ¿El amor que sienten merece el sacrificio de desafiar sus mundos?
Leer más—Por tal motivo, nos vemos en la necesidad de presentar la solicitud de expulsión inmediata —dijo el rector, sentado frente a mí. Mis padres estaban a mi lado, rígidos, sin mover un solo músculo—, no contamos con la atención que Holly requiere.
Con sus últimas palabras, un silencio sepulcral cayó en la oficina. Mis manos temblaban en mi regazo, pero mantuve la vista baja. Me estaban expulsando. Había luchado contra mis propios pensamientos durante tanto tiempo, pero mis batallas internas me habían vencido. Ayer, todos mis intentos de controlar lo que sentía, explotaron. Ahora, por mi "fracaso", estaba perdiendo todo. Sabía que si el rector seguía hablando, mis padres no tardarían en explotar. Sentía el ardor de la mirada de mi padre, y en mi mente, podía ver el ceño fruncido y los labios apretados en una línea dura. Cada minuto de silencio aumentaba su tensión, y el rechinar de sus dientes, aunque no lo escuchara, lo sentía en el aire, como un presagio. Algo que terminaría mal. —¿No hay una forma de que ella sea simplemente suspendida? —preguntó mi madre, interrumpiendo el silencio, su voz era fría, pero intentaba sonar persuasiva—. Holly es una buena chica. Nos comprometemos a estar más al pendiente de ella. El tono de mi madre era casi de súplica, pero había en sus palabras un aire de desaprobación. Su mirada superficial apenas disimulaba su decepción. Como si todo esto, la expulsión y la vergüenza, fueran otro de mis defectos, algo que ella simplemente no podía entender ni justificar. Mientras ambos hablaban, yo clavaba las uñas en mis palmas, el dolor físico servía como distracción, una forma de lidiar con el terror creciente en mi interior. El rector suspiró y sacudió la cabeza, sin cambiar su postura profesional. —Lo lamento, pero es imposible —respondió él, ajustándose las gafas y volviendo a su escritorio. Miró a mis padres, pero sus palabras parecían ir dirigidas a mí—. Tenemos una responsabilidad con el bienestar de todos nuestros estudiantes, y creemos que una situación como esta puede ser mejor tratada en un entorno más adecuado. De hecho, tengo aquí algunos folletos de clínicas especializadas. Podrían ofrecerles un descuento, dadas las circunstancias... Mi corazón se hundió al oír la palabra "clínica". Las palabras "loca" y "dañada" parecían susurrarme desde esas páginas que el rector sostenía entre sus dedos. Eso pensarían todos. La paciencia de mi padre parecía agotarse con cada segundo. Su voz, cuando finalmente habló, salió como un susurro amenazante: —Levántate, María. Nos vamos. Sin más palabras, se puso de pie, y mi madre, obediente como siempre, lo siguió. Su mirada no reflejaba compasión, ni siquiera enojo. Era como si simplemente estuviera presenciando un desastre inevitable, algo que había aprendido a soportar con indiferencia. Me quedé rezagada un instante, intentando absorber lo que acababa de suceder, pero no tuve tiempo. Mi padre ya se marchaba, y yo sabía que debía seguirle. Recogí mis pocas pertenencias y los seguí por el largo pasillo de la universidad, sintiendo las miradas curiosas de algunos estudiantes. ¿Qué verían en mí? ¿Una chica que había caído en desgracia? ¿Un ejemplo de alguien que no supo aprovechar sus oportunidades? Mis pensamientos giraban en círculos, pero el nudo en mi garganta me impedía decir una sola palabra. No había nada que pudiera cambiar el curso de lo que ya había pasado. Una vez en el estacionamiento, mi padre entró rápidamente en su Mercedes. Subí al asiento trasero, mientras mi madre se acomodaba al frente. Respiré hondo y traté de calmarme, mirando la palma de mi mano marcada por las uñas, donde pequeñas manchas rojas delataban la presión con la que había intentado contener el miedo. Pero la calma no duró mucho. —¡Carajo! —gritó mi padre, golpeando el volante con frustración, su rostro enrojecido. Su grito resonó en el espacio cerrado del auto, y me estremecí al escucharlo—. Eres un maldito desastre, Holly. —Disculpa —murmuré, bajando la mirada. Sabía que no serviría de nada intentar explicar lo que realmente sentía. En su mente, todo era cuestión de disciplina, de falta de autocontrol. —Depresión y una m****a... —escupió la palabra como si fuera un insulto—. Lo que tienes es una gran falta de autoridad, de disciplina. —Me miró de reojo, con desprecio por el espejo que daba al retrovisor—. Desde que dijiste que querías estudiar Filosofía, supe que tu vida se iría a la m****a. ¿De qué sirve eso? No se vive de pensar. Tragué saliva, sintiendo que cada palabra era como una cuchillada. Podía soportar su desaprobación, pero la indiferencia hacia mi dolor era más de lo que podía asimilar. Él ni siquiera lo consideraba un problema real. Mi madre, al escuchar el estallido de mi padre, decidió intervenir, aunque su tono era tan frío y distante como siempre. —Quizás solo es falta de dirección —dijo, su voz calculada y lejana, como si mi vida fuera un experimento que no había salido bien. Mi padre giró hacia ella con furia. —Cállate. También es tu culpa que tengamos una maldición por hija. Su acusación cayó como una losa sobre el silencio. Ella no respondió, y el auto se sumió en una tensión tan densa que apenas podía respirar. Mi madre mantenía la vista fija en el parabrisas, y yo me hundía en el asiento, deseando desaparecer. Finalmente, tras unos minutos de silencio, mi padre habló otra vez, con un tono más frío, casi calculador. —Escúchame bien, Holly —dijo, sin girarse para mirarme—. No voy a gastar ni un centavo en un "loquero". No te lo mereces, y yo no voy a avergonzarme más por ti. Sentí un nudo en el estómago. Sus palabras eran una sentencia, un recordatorio de que yo no tenía opción. Que no podía esperar compasión, ni ayuda, ni un mínimo de comprensión. —¿Cuándo decidiste tomar todas esas pastillas, pensaste o al menos pasó por tu mente lo que dirían nuestras amistades? —mi madre retomó el tema, con voz fría y carente de emoción. —¿Qué...? —Intenté responder, pero las palabras se me quedaron atascadas. No tenía una respuesta que pudiera satisfacerla, y, en el fondo, sabía que nada de lo que dijera importaría. Para ellos, mi vida, mis decisiones, todo estaba ligado a cómo afectaba su reputación. Sin dejarme responder, mi padre continuó: —Nos has dado suficientes problemas. No tengo tiempo ni gastaré más dinero en tus desastres. Así que ya hemos decidido lo que haremos contigo. —pronunció y comenzó a conducir, dirigiéndose a un lugar que evidentemente no iba a mi hogar— Vivirás en el convento de las Hermanas de San Juan. Ahí estarás bajo control, y si tienes suerte, tal vez puedan enseñarte a no ser una completa decepción. Sentí como si un cubo de agua helada me cayera encima. ¿Un convento? Mi mente giraba, tratando de comprender lo que estaba pasando, tratando de procesar que, en lugar de ofrecerme ayuda, de intentar comprenderme, me estaban exiliando a un lugar que no entendía, que ni siquiera quería imaginar. Ese no era mi sueño. —¿Qué... qué significa eso? —murmuré, con la voz entrecortada. —Significa —dijo mi padre, con frialdad— que estarás allí hasta que aprendas a ser alguien decente. Y después, si eres "afortunada", te convertirás en monja. Pero esa será la vida que tendrás. Ya no tienes opciones. Y con esas palabras, me sentí completamente rota, sin más fuerzas para replicar. Había perdido todo control sobre mi vida. Mis decisiones ya no importaban; ahora era un simple peón en el juego de mis padres, alguien a quien podían moldear y castigar hasta que cumpliera sus expectativas. En ese mismo instante supe que todo estaba por cambiar, mi vida ya no era mía. No sabía qué significaba ir a un convento, no sabía si podría soportarlo. Pero lo único que tenía claro era que, en la mente de mis padres, yo ya había dejado de existir.Caminaba de un lado a otro en mi habitación, tenía las manos frías y sudorosas apretadas a los costados, mientras mi corazón latía como un tambor fuera de control. Sentía una presión intensa en el estómago, como si algo dentro de mí luchara por salir. No podía dejar de pensar en lo ocurrido hace unas horas. Su mirada parecía llena de repulsión. No quería que me importara... pero lo hacía. Me quemaba saber que, a sus ojos, parecía ser alguien indeseable."¿Por qué parece odiarme tanto?" me repetí, incapaz de borrar esa duda.Me senté en la orilla de la cama, después me levanté, luego volví a sentarme frente al crucifijo que colgaba de la pared. La madera oscura y pulida tenía un brillo tenue bajo la luz de la lámpara. Cerré los ojos y murmuré una oración en voz baja, pidiendo paciencia, inteligencia... algo que me ayudara a soportar esta tensión constante.Aunque no tenía amigos cercanos, solía hablar mucho con mi hermana menor, Emilie. Doce años, pequeña y curiosa, siempre escuchaba m
Camino por los pasillos oscuros del convento en dirección a la cocina, sintiendo el eco suave de mis pasos. Las paredes, recubiertas de piedra fría, parecen absorber todo el sonido y el aire cargado de incienso flota como un recuerdo persistente. A mi lado, la hermana Mariana camina con lentitud, dándome indicaciones sobre la comida del día. Su voz, cálida y amable, contrasta con el silencio solemne del lugar.Al llegar, me acerco al mesón y comienzo a picar la cebolla para la crema de zanahoria que estábamos preparando. El aroma fresco de las hortalizas llena la cocina mientras Mariana me observa con una sonrisa paciente.—¿Ya me dirás por qué una pequeña como tú ha decidido recluirse en este convento? —me pregunta de repente, rompiendo el silencio con una ternura inesperada.Levanto la vista hacia ella y sonrío tímidamente. La hermana Mariana es una mujer de casi setenta años, de esas personas cuya sabiduría parece haberse impregnado en cada arruga de su piel. Su voz es como un susu
Camino por los oscuros y silenciosos pasillos del convento. El eco de mis pasos se desliza suavemente, casi como un susurro en la penumbra, y el canto de los grillos es lo único que rompe la quietud de la madrugada. El ambiente parece eterno, suspendido entre las sombras, siento que cada rincón guarda secretos que jamás me atrevería a descubrir.Avanzo con cuidado, asegurándome de no hacer ruido, no quiero despertar a nadie. La cocina está vacía, su soledad se hace más intensa en esta hora incierta, como si estuviera atrapada en otro tiempo. Miro el reloj de pared y veo que aún falta casi una hora para las seis; me apresuro a preparar lo que puedo ofrecer como un buen desayuno. Encuentro café, un par de frutas frescas que corto lentamente, disfrutando de la textura y el aroma, y unos huevos que revuelvo con precisión. Aunque no soy una experta en la cocina, me he defendido bien con los platos básicos.Mientras dispongo cada elemento en una bandeja, el silencio comienza a calar en mis
La iglesia está en penumbra, con luces suaves que se filtran a través de los vitrales altos, proyectando en el suelo mosaicos de colores apagados. El lugar parece inmenso y solemne, su silencio roto solo por el murmullo de oraciones y el crujir de las viejas bancas de madera al acomodarse la gente. En el altar, el sacerdote está de pie, y mi mirada se fija en él, casi sin poder evitarlo. Algo en mi cabeza me susurra que debo bajar la vista, que es una falta de respeto mirarlo de esa manera, pero es casi imposible apartar los ojos.—Padre nuestro, que estás en el cielo —comienza él con voz grave y envolvente, iniciando la misa.Él es el padre David, el sacerdote de quien todas las monjas susurraban. Finalmente, después de las dudas que las monjas sembraron en mi, lo tengo frente a mí. Pero en lugar de la figura austera y severa típica de un hombre de la tercera edad, como yo lo había imaginado, veo a un hombre que parece ajeno a los estereotipos. Su cabello oscuro está ligeramente desp
Luego de pasar las ultimas cinco horas en mi habitación, fui llamada por la misma mujer que me dio la bienvenida, según ella ya era hora de cenar.El comedor es un espacio amplio, de techos altos y paredes desnudas, adornado únicamente por un crucifijo grande al final de la mesa. La madera desgastada de la mesa y las sillas deja entrever años de uso, y en el ambiente reina un silencio solemne, interrumpido solo por el suave tintineo de los cubiertos y las respiraciones contenidas de las mujeres que me observan.—Atención, hermanas —solicita la madre superiora, quien se presentó anteriormente como Consuelo y ahora está de pie al inicio de la mesa, imponente y firme.Las ocho mujeres sentadas alrededor del comedor dirigen sus miradas hacia Consuelo y luego hacia mí, estudiándome detenidamente, como si intentaran desentrañar cada detalle de mi historia solo con observar mi postura, mi rostro, mi mirada. Intento no temblar bajo sus miradas y apenas esbozo una sonrisa tímida, sintiéndome e
Observo el enorme convento que se alza ante mí, una estructura de piedra antigua, imponente y ajena. Cada uno de sus muros parece encerrado en siglos de historia y secretos, rodeado por jardines que a esta hora, con la luz del sol filtrándose entre las nubes, lucen melancólicos y casi desolados. Lo que añaden cierto pesar a mi alma.A un lado está la parroquia de San Juan, un edificio más pequeño pero igualmente austero, y cuyas puertas de madera oscura parecen haber soportado el peso de muchas generaciones. Es alto, con dos cúpulas en lo más alto. En la entrada, un letrero simple y casi desgastado confirma mi destino: "Convento de San Juan." Un escalofrío recorre mi cuerpo mientras repito mentalmente el nombre. Lo veo y lo leo, pero me cuesta procesar que este lugar será, a partir de hoy, mi hogar. Quiero llorar, echarme a correr y esperar a terminar con mi sufrimiento, pero soy tan cobarde que solo analizo el lugar.—Apresúrate —ordena mi padre, con voz cortante, interrumpiendo mis
Último capítulo