Susurros, gemidos contenidos, el ritmo de la respiración que se entrelaza con la mía: todo compone una música antigua y feroz. Nuestros cuerpos hablan en tono grave, en cadencia, sin necesidad de describir lo que ocurre.
—¡Joder, Nik…! ¡Ah! ¡Nikolaus…! —me llama, y su voz se quiebra como un cristal que vibra.
Siento como sus paredes se contraen a mi alrededor y todo mi cuerpo responde como un animal antiguo: sus movimientos hacen que el mundo se reduzca a sus ojos, a su respiración, a ese tembl