Y con esa frase se despide. Yo lo sigo hasta la puerta, sin volverme a mirar a Adán. Queda allí, solo, mirando una pared blanca, atrapado en sus propios pensamientos. Pero eso… eso ya no es asunto mío.
Regreso a la sala. Marie está allí, junto a Scott y Nikolaus. En cuanto me ve, el semblante del alemán se suaviza, y yo sonrío. Desde que llegó, no lo había visto así; había sido pura tensión, pura fiera contenida. Ahora, en cambio, parece al fin respirar.
—Mi niña… —dice Marie en voz baja, acercá