—Eva, ¿podemos hablar? —La voz de Adán me detiene antes de que cruce la puerta. Su tono es distinto: más bajo, más íntimo, como si buscara una grieta en mi nueva fortaleza. Apenas lo miro. Quiero que se marche.
—Eva. —insiste, dando un paso hacia mí.
—Solo con la presencia de mi abogado —respondo sin dudar—. Si no es sobre el divorcio, no hay nada más de qué hablar.
Keleer, el abogado, permanece en la habitación junto a mí, observando la escena con seriedad, mientras los demás se pierden en el v