Negada a negociar con su maldad.
Frente a su padre, a ese hombre al que ella llevaba un mes entero sin prestarle ni la más mínima atención e ignorándolo en cada pasillo o ascensor, Aitana respiraba como toro bravo, con el pecho subiendole y bajando en embestidas cortas y rabiosas.
El aire parecía espesarse entre ellos. Mientras tanto, Alan permanecía inamovible, sentado en su escritorio como si fuera parte de él, con la mirada clavada en un documento que fingía leer. Esa indiferencia la descuartizaba por dentro.
Aitana se mor