Mundo de ficçãoIniciar sessãoAria Montoya nació tras puertas de hierro para heredar el imperio criminal de su familia. Nunca imaginó que el destino la uniría a Lucian Valdez, el Alfa que gobierna el territorio que su familia teme cruzar. Su vínculo es más que prohibido: es una sentencia de muerte para ambos bandos. Obligada a navegar entre la política de la mafia, la jerarquía del clan y una obsesión que se vuelve más violenta con cada latido, Aria deberá elegir entre el imperio de su padre y el destino de pareja que le ha sido marcado. Porque en Los Alcores, nada es más peligroso que el amor… especialmente cuando pertenece a un Alfa.
Ler maisEl club latía como un corazón vivo, sangrando neón en el aire espeso de humo. Aria Montoya estaba en la barra VIP, los dedos rodeando un vaso de whiskey que no había tocado, observando la multitud abajo como una general evaluando un campo de batalla.
Este era el nuevo negocio de su padre. Club Obsidian. Territorio neutral, o eso decía el tratado. Un lugar donde humanos y lobos podían fingir que no soñaban con destrozarse mutuamente.
“Pareces aburrida, princesa”. Catalina Herrera se materializó a su lado, toda labios rojos y sonrisas calculadas. “¿El imperio de papi no es lo suficientemente emocionante para ti?”
Aria no giró la cabeza. “Estoy trabajando, Catalina. Deberías intentarlo tú alguna vez.”
“¿Trabajar? Eso llamas mirar desde las sombras mientras tu padre juega a ser rey.”
Antes de que Aria pudiera responder, la temperatura en la sala cambió. La música no cambió, las luces seguían destellando en patrones hipnóticos, pero algo fundamental se había alterado. El aire mismo parecía espesarse, presionando contra su piel como un toque físico.
Lo sintió antes de verlo.
Su pulso titubeó, luego comenzó a latir con un ritmo que no le pertenecía. El calor brotó en su pecho, expandiéndose en ondas que la dejaron mareada. Cada instinto que había perfeccionado durante veintitrés años gritó una sola palabra imposible.
Peligro.
La mirada de Aria se deslizó hacia la entrada y su mundo giró sobre su eje.
Se movía entre la multitud como humo, como violencia apenas contenida en piel humana. Alto, de hombros anchos, con cabello oscuro que le caía más allá del cuello y ojos que atrapaban la luz como oro bruñido. Vestía completamente de negro, caro pero discreto, el tipo de ropa que susurraba poder en vez de gritarlo.
Pero no fue su apariencia lo que le robó el aliento.
Fue la forma en que todos se apartaban sin darse cuenta de que lo estaban haciendo. La forma en que las conversaciones titubeaban a su paso. La forma en que el aire mismo parecía doblarse a su alrededor, reconociendo a un depredador entre ellos.
Lucian Valdez. Alfa de La Manada Valdez. El rey lobo que gobernaba el oscuro corazón de la ciudad.
“Jesús Cristo”, exhaló Catalina. “¿Qué está haciendo aquí?”
Aria no respondió. No podía. Porque en ese momento, a través de un mar de cuerpos danzantes y niebla artificial, la mirada de Lucian encontró la suya.
El mundo se detuvo.
Todo, la música, las luces, el calor de los cuerpos, se desvaneció en ruido blanco. Solo existía él, solo esos ojos dorados imposibles que la clavaban en el lugar como una mariposa en un tablero. Vio su expresión cambiar de conciencia casual a enfoque depredador y afilado.
Luego todo su cuerpo se volvió inmóvil.
El tipo de inmovilidad que precede a un ataque.
Aria sintió cómo le golpeaba el pecho, una conexión tan visceral que dolía. Como una cadena hecha de relámpagos, ardiente e irrompible, envolviendo sus costillas y apretando. Su loba, la parte de sí misma que nunca había sabido que existía, emergió bajo su piel, aullando en reconocimiento.
Mate. Mía. Nuestra.
No. No. No.
Esto no podía estar pasando. Ella era humana. Su padre era don Rafael Montoya, capo del sindicato Montoya. Había sido entrenada desde niña para heredar un imperio construido con sangre, balas y un tipo de poder que no tenía nada que ver con lunas llenas o huesos cambiando de forma.
Ella no era una de ellos.
Pero su cuerpo no se preocupaba por la lógica. Cantaba con reconocimiento, con un hambre que la aterrorizaba. Cada célula le gritaba que fuera hacia él, que cerrara la distancia entre ambos, que se sometiera a cualquier magia antigua que acababa de marcar su alma.
Lucian comenzó a moverse.
No hacia la sección VIP donde normalmente se reunían los de su clase. Hacia ella. Su mirada no vaciló, clavada en ella con una intensidad que hacía arder su piel. Podía ver al depredador en cada línea de su cuerpo, la violencia contenida en la forma en que flexionaba las manos a los lados.
“Aria”. La voz de Catalina llegaba desde muy lejos. “Aria, tenemos que irnos. Ahora.”
Sí. Exactamente eso tenían que hacer. Porque podía verlo en sus ojos, el reconocimiento, la reclamación, la certeza absoluta de que ella le pertenecía. Todas las historias que había escuchado sobre mates predestinados, sobre lobos y sus lazos, inundaron su mente.
Una vez que un Alfa te reclamaba, eras suya. Cuerpo, alma, futuro. Todo.
No podía permitir que eso pasara. Su padre los mataría a ambos. El tratado entre las familias y las manadas se sostenía con miedo, geografía y la comprensión mutua de que algunas líneas nunca podían cruzarse.
Ella era la única heredera de su padre. La joya de la corona del imperio Montoya. Su futuro había sido decidido antes de nacer, matrimonios y alianzas cuidadosamente organizados para expandir territorio y asegurar poder.
Ninguno de esos planes incluía convertirse en la mate del lobo que había matado a doce de los hombres de su padre tres años atrás.
Lucian ya estaba a medio camino por la pista de baile, cortando a través de la multitud como una hoja. Podía ver a su Beta, Damian, moviéndose para interceptarlo, ver la confusión y alarma en el rostro del otro hombre. Pero Lucian no se detuvo.
Sus labios se movieron, formando una sola palabra que no podía oír sobre la música pero que de algún modo sintió vibrar en sus huesos.
Mía.
Aria hizo lo único que tenía sentido. Corrió.
Empujó su vaso en las manos de Catalina y salió corriendo hacia la salida trasera, sus tacones resonando sobre el mármol mientras abandonaba toda pretensión de dignidad. Detrás de ella oyó un sonido que pudo haber sido un gruñido, pudo haber sido su nombre, pudo haber sido ambas cosas.
No miró atrás.
Irrumpió por la salida de emergencia hacia el callejón, el aire frío de la noche chocando contra su piel sobrecalentada. Su equipo de seguridad ya estaba en movimiento, manos en las armas, pero ella los hizo retroceder con un gesto.
“Carro. Ahora.”
Su chofer no hizo preguntas. Simplemente abrió la puerta y Aria se lanzó dentro, hundiéndose contra el cuero como si pudiera desaparecer en él.
Mientras se alejaban, miró por la ventana trasera.
Lucian estaba en la entrada del callejón, bañado por el brillo rojo del letrero de salida. Sus ojos ardían a través de la oscuridad y aun desde esa distancia sintió el tirón.
Vuelve. Eres mía. Siempre serás mía.
Aria cerró los ojos e intentó no pensar en cuánto había querido obedecer.
El día amaneció frío y claro.Aria se despertó a las cinco de la mañana, incapaz de dormir más. Lucian ya estaba levantado, de pie junto a la ventana mirando la ciudad.“Ya están aquí.” Dijo sin voltear.“Qué?” Aria saltó de la cama, uniéndose a él en la ventana.Abajo, en las calles, podía ver figuras moviéndose. Vestidas de negro. Silenciosas. Estableciendo posiciones.“Llegaron temprano.” Lucian continuó. “Hace una hora. Nuestros vigías los detectaron pero no han atacado. Solo… observan.”“Cuántos?” Aria sintió su corazón acelerarse.“Difícil de decir. Al menos cincuenta que podemos ver. Probablemente más escondidos.”Aria tomó sus binoculares, enfocando en una de las figuras. La máscara negra. El uniforme. Las armas de plata que brillaban incluso a distancia.“Es real.” Susurró. “Realmente vinieron.”“Dijiste que vendrían.” Lucian señaló.“Decir y ver son cosas diferentes.” Aria respondió.Su teléfono sonó. Damián.“Los viste?” Preguntó sin preámbulo.“Sí. Cuál es el plan?”“No ha
Los tres días pasaron en torbellino de actividad frenética.Aria apenas durmió. Cada hora era ocupada con reuniones, estrategia, entrenamiento. Visitó cada posición defensiva personalmente. Habló con cada líder de escuadrón. Memorizó cada ruta de escape.“Estás haciendo demasiado.” Elena le advirtió en la mañana del segundo día. “Tu cuerpo necesita descanso.”“Descansaré cuando estén muertos.” Aria respondió, estudiando otro mapa.“O cuando estés muerta.” Elena corrigió. “Lo cual es más probable si te agota antes de que la batalla comience.”Aria sabía que tenía razón. Pero no podía detenerse. Cada minuto que no preparaba era minuto que los Cazadores tenían ventaja.“Las brujas terminaron los hechizos de protección.” Elena continuó. “Amuletos nuevos para ti, Lucian, Anastasia y los líderes principales. No son perfectos, pero deberían proteger contra la mayoría de magia oscura.”“Deberían?” Aria levantó una ceja.“La magia de los Cazadores es antigua.” Elena admitió. “No sabemos exacta
El Consejo se reunió en menos de una hora, algo récord dada la complejidad de coordinar representantes de tres especies.La sala estaba tensa. Todos habían visto las fotografías de los ataques. Todos conocían el símbolo.“Los Cazadores Primordiales.” Sebastián dijo el nombre como maldición. “Pensé que eran leyenda.”“También yo.” Victoria admitió. “No ha habido reporte confirmado de ellos en mil años.”“Hasta ahora.” Aria señaló las imágenes proyectadas en la pantalla. “Tres manadas atacadas en dos días. Veintisiete lobos muertos. Todos con heridas consistentes con armas antiguas diseñadas específicamente para matar sobrenaturales.”“Plata pura.” Elena añadió, habiendo examinado los cuerpos. “Pero no solo plata. Está impregnada con algo más. Algo que previene sanación. Las heridas se pudren, extendiéndose como veneno.”“Magia oscura.” La anciana bruja, quien ahora asistía al Consejo como asesora, dijo. “Del tipo que solo los Cazadores Primordiales dominaban.”“Quiénes son exactamente?
El invierno había llegado a Los Alcores con fuerza inusual.Aria estaba de pie frente a la ventana de su nueva oficina, observando nieve caer sobre la ciudad que ahora ayudaba a gobernar. Seis meses desde la muerte de Alfonso. Seis meses tratando de construir algo que nunca había existido antes.Y cada día era batalla.“Tienes que ver esto.” Damián entró sin golpear, algo que hacía más frecuentemente ahora que era su consejero principal. “Hay protestas en el distrito sur.”“Otra vez?” Aria suspiró, volteándose. “Qué ahora?”“Los humanos están molestos por las nuevas leyes de vivienda.” Damián le pasó su tableta. “Dicen que los lobos están recibiendo tratamiento preferencial.”Aria leyó los reportes, sintiendo dolor de cabeza familiar comenzando. Las leyes de vivienda habían sido diseñadas para permitir que lobos, cambiapiel y humanos vivieran en los mismos vecindarios. Pero los humanos temían que los lobos condujeran a la baja de valores de propiedad.“Programa reunión con los líderes
Una semana después del duelo, Los Alcores todavía sanaba.Edificios siendo reconstruidos. Heridas físicas cerrándose. Pero las cicatrices emocionales permanecerían por mucho más tiempo.Aria había pasado cada día visitando a las familias de los caídos. Escuchando sus historias. Sus lágrimas. Su ira a veces. Porque no todos la perdonaban por las vidas perdidas, sin importar que hubieran elegido pelear.“La madre de Javier me escupió hoy.” Aria le dijo a Lucian esa noche, acostada en la cama mirando el techo. “Dijo que su hijo estaría vivo si yo nunca hubiera llegado a Los Alcores.”“Está sufriendo.” Lucian respondió, su mano encontrando la de ella en la oscuridad. “La gente dice cosas cuando sufre.”“Pero tiene razón.” Aria susurró. “Si yo nunca hubiera conocido a Alfonso. Si mi madre nunca hubiera huido. Si yo hubiera permanecido solo humana. Todas esas personas estarían vivas.”“Y cientos más estarían muertas.” Lucian respondió firmemente. “Alfonso no se habría detenido. Habría segui
El amanecer llegó con niebla espesa que cubría el campo ceremonial como velo funerario.Aria estaba de pie en el borde del círculo marcado, observando cómo cientos de testigos se reunían alrededor. Lobos, cambiapiel, humanos. Todos en silencio. Todos esperando.Elena había insistido en revisar sus heridas una última vez, aunque ya estaban completamente sanadas.“Tu cuerpo está listo.” Elena había dicho. “Solo espero que tu corazón también lo esté.”Ahora, mientras el sol comenzaba a alzarse, Aria se preguntaba si alguna vez estaría realmente lista para esto.“Todavía puedes retractarte.” Lucian le dijo por última vez. “Nadie te juzgará.”“Yo me juzgaré.” Aria respondió, tomando su mano. “Necesito hacer esto. Por todos los que Alfonso destruyó. Por todos los que murieron hace tres días. Por el futuro que estamos tratando de construir.”“Entonces pelea con todo lo que tienes.” Lucian la besó profundamente. “Y regresa a mí.”“Lo haré.” Aria prometió. “O moriré intentándolo.”Las puertas





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