Jax salió de la habitación del hospital sin decir una sola palabra.
No hubo insultos.
No hubo amenazas.
Ni siquiera una mirada atrás.
Caminó como un animal herido, rígido, con los puños cerrados y la mandíbula apretada, como si el aire le quemara los pulmones. El portazo resonó en el pasillo y quedó un silencio incómodo, espeso.
Aitana lo observó alejarse sin moverse de la cama.
No se sorprendió.
Era Jax O’Brien. Su reacción no podía ser otra.
—Aitana… ¿no irás a ver qué le pasa? —preguntó Mari