El cansancio que Aitana había sentido durante todo el día parecía haberse evaporado por completo. La madrugada había llegado, y ella permanecía de pie frente a la ventana, con la mirada perdida en la oscuridad de la calle mientras las palabras de Jax retumbaban en su mente una y otra vez: *“Si te entregas voluntariamente a mí, te firmaré el acuerdo de divorcio”*. Algo no le cuadraba. Jax no pedía, Jax imponía. Y ella no podía entender cómo alguien capaz de destruirla, de convertir su vida en un