Sin espacio para huir.
Sentado en el silencio espeso de su despacho, Jax no lograba apartar de su mente la pregunta que le había hecho su madre. Le martillaba la cabeza, insistente, corrosiva. El simple hecho de dudar —de preguntarse si Aitana representaba algo más que un instrumento de venganza— lo aterraba.
—No… no la amo —se dijo en voz baja, casi como un rezo desesperado—. Ella es la mujer que lastimó a mi hermana. Debo odiarla con toda mi alma.
Pero su propio cuerpo lo traicionaba. Nada en él obedecía esas palab