Nunca confíes.
La madre de Jax lo vio cruzar el salón con el andar decidido de siempre, ese que no admitía interrupciones. Aun así, lo siguió.
—Jax —lo llamó, alcanzándolo a medio pasillo—. Ven, desayuna conmigo. Ha pasado mucho tiempo que no tenemos un desayuno en familia. Hijo me hace falta conversar contigo.
Él se detuvo apenas un segundo, lo suficiente para girar el rostro con fastidio contenido. Iba a responder cuando Aitana apareció de pronto, avanzando frente a ellos con el rostro tenso, los labios apr