La luz roja debajo de mi piel brillaba como un ojo demoníaco. Era un destello pequeño pero constante, una señal de que mi tiempo en este mundo se estaba acabando muy rápido.
Sentí un vacío en el estómago tan espantoso que me dieron ganas de vomitar del puro miedo. El helicóptero giraba como un trompo loco hacia el suelo, perdiendo piezas por todas partes.
Alexander no se separaba de mí ni un centímetro. Sus manos gigantes y calientes estaban presionando mi cuello, tratando de encontrar el lugar