Mis manos temblaban tanto que la espada casi se me cae al suelo de espejos. El metal brillaba con una luz extraña, azul y eléctrica, como si estuviera vivo.
Miré a Alexander. Sus alas de cables y circuitos se movían detrás de él con un sonido sordo, un zumbido que me ponía los nervios de punta.
—No puedo hacerlo —grité, llorando mientras el sudor frío me bajaba por la frente—. ¡No puedo matarte, Alexander!
Él dio un paso hacia mí, y el suelo de cristal crujió bajo su peso. Sus ojos grises estab