El hombre de la máscara de hierro dio un paso dentro de la cabina destrozada del helicóptero. Su presencia era como una sombra negra que se comía toda la luz que quedaba.
Sentí un vacío en el estómago tan profundo que me dieron ganas de gritar, pero estaba paralizada por el miedo. Mi corazón latía tan fuerte que sentía los golpes en mis oídos: ¡tum, tum, tum, tum!
—¿Quién eres tú? —logré decir con un hilo de voz, mientras intentaba moverme aunque mis piernas no me hacían caso.
Alexander se puso