Mis ojos no podían creer lo que veían. Miles de hombres iguales a mi Alexander estaban ahí, flotando en esos tanques de vidrio, todos abriendo los ojos grises al mismo tiempo.
Sentí un vacío en el estómago tan profundo que me tambaleé sobre la plataforma de luz. El horror de ver a mi hombre, a mi Alexander, convertido en una simple mercancía, me dejó sin aliento.
—¿Qué es todo esto? —grité, con la voz rota por el llanto—. ¡Dime qué significa esto, por favor!
Nadie me respondió, solo el zumbido