El filo del cuchillo estaba tan cerca de mi piel que sentí un picor insoportable. Mi corazón latía tan rápido que parecía un tambor desbocado: ¡tum, tum, tum, tum!
El tiempo seguía detenido, como si alguien hubiera pausado la vida entera. El mundo era una estatua de silencio y luz fría.
—¿Quién eres? —pregunté, con la voz ahogada por el miedo.
El extraño no contestó de inmediato. Su aliento era gélido, sin rastro de humanidad, y su mano, que apretaba mi hombro, era tan pesada que me dolía.
—Soy