El cañón frío del arma me raspaba los labios. Estaba temblando tanto que mis rodillas casi no me sostenían contra los escombros.
La mujer que tenía delante era yo, o algo que se parecía mucho a mí. Sus cicatrices me contaban una historia de dolor que yo no recordaba, pero que sentía en mis propios huesos.
—¿Por qué me haces esto? —logré susurrar, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Dime qué está pasando!
Ella se rio, un sonido metálico y muy amargo. Me apretó más el arma contra la boca, obligánd