Un peligro llamado Él

Un peligro llamado Él ES

Romance
Última atualização: 2026-06-22
Yuni  Atualizado agora
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Índice

Siempre me ha gustado tener el control, y ver cómo los demás se rompen me resulta… entretenido. Nunca me importó nadie, hasta que la vi a ella. Desde ese momento, supe que me pertenecía. Empecé a estar siempre ahí, a saber todo sobre su vida, sin que ella lo notara del todo. Solo siente que alguien la observa, que una sombra no se aleja nunca de su lado. Ella cree que soy alguien inofensivo, alguien que pasa por casualidad. No tiene ni idea de quién soy… ni de todo lo que haré para que nunca me abandone.

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Capítulo 1

Capitulo 1

La luz de la tarde entraba por el gran ventanal de la sala de estar, tiñendo todo de tonos dorados y suaves, como si intentara hacer que aquel lugar se sintiera un poco más cálido, un poco más como hogar. Pero para Cassy, nada en aquella gran casa nueva, en aquella ciudad inmensa y ruidosa, terminaba de sentirse suyo. Habían pasado apenas siete días desde que llegaron, siete días desde que dejaron atrás el pequeño pueblo donde había nacido y crecido, donde conocía cada calle, cada árbol y cada rostro. Todo había cambiado de un día para otro, solo porque su padre, ingeniero de software, había conseguido un puesto mejor en una empresa pequeña de la ciudad y había dicho que era la oportunidad que ambos necesitaban.

“Estaremos mejor aquí, mi niña”, le había dicho, acariciándole el cabello con esa ternura que solo él tenía. “Tendrás mejores estudios, conocerás gente nueva, y saldremos adelante los dos, como siempre lo hemos hecho”.

Y era verdad, siempre habían sido los dos. Desde que ella tenía apenas cinco años y su madre decidió irse sin mirar atrás, dejando una nota corta y fría donde decía que ya no quería ser madre ni esposa, que su vida estaba en otro lugar y que ellos no formaban parte de sus planes. Cassy casi no la recordaba, solo una figura borrosa, un perfume que ya no podía identificar y la sensación vacía que quedó en su pecho desde aquel día. Pero su padre había estado ahí siempre: trabajando horas y horas, a veces cansado, a veces preocupado, pero nunca dejándola sola, nunca dejando que le faltara nada. Eran un equipo, los dos contra el mundo.

Por eso, cuando le dijo que se mudarían, ella no puso objeciones. Era una chica tranquila, de las que prefieren escuchar antes que hablar, que se sienten más cómodas entre las páginas de un libro que entre mucha gente, bondadosa por naturaleza, incapaz de hacer daño a nadie y que siempre buscaba el lado bueno de las personas y las cosas. Tenía dieciocho años, acababa de empezar el primer año de la universidad y, aunque le daba miedo todo lo nuevo, estaba dispuesta a intentarlo, por su padre y por ella misma.

Pero nada había preparado a Cassy para lo que vio en su primera semana de clases.

Estaba sentada en el sofá, con sus gafas de montura fina sobre la nariz y un libro de literatura clásica apoyado sobre las rodillas, las manos apoyadas sobre la cubierta dura. Intentaba leer, de verdad que lo intentaba, las palabras pasaban una tras otra ante sus ojos, pero su mente, traicionera y rebelde, se escapaba una y otra vez, volviendo a esa tarde, a la entrada principal de la universidad, al ruido de las sirenas, a los gritos bajos y a las miradas asustadas de todos los que estaban allí.

Y sobre todo, volvía a él.

No sabía cómo se llamaba, nadie se lo había dicho todavía, solo sabía lo que todos susurraban por los pasillos: que era sospechoso de haber matado a alguien, que era peligroso, que nadie debía acercársele. Nadie decía su nombre en voz alta, como si fuera algo prohibido, algo que solo se mencionaba entre susurros y miradas asustadas.

*—Es peligroso —había dicho una chica el día anterior, en la cafetería, bajando la voz como si alguien pudiera escucharla—. Dicen que encontraron a un hombre muerto en un callejón, y todas las pruebas apuntan a él. Que tiene problemas con todo el mundo, que nadie sabe bien de dónde salió ni qué hace aquí.

—Y lo peor —añadió otra, mirando a todos lados con miedo— es que no parecía tener miedo. Cuando se lo llevaron, estaba tranquilo, como si todo le diera igual. Ese tipo no es normal, chicas. Mejor no se crucen en su camino.

Cassy apretó el libro contra su pecho, sintiendo ese mismo escalofrío que la recorrió aquel día. Lo veía con total claridad, como si estuviera sucediendo otra vez: él de pie, rodeado de policías, las manos esposadas a la espalda, la ropa sencilla pero de buena calidad, la postura erguida, como si no fuera él el que estaba siendo acusado de algo tan terrible. No lloraba, no gritaba, no intentaba defenderse. Solo estaba ahí, con esa expresión impasible, casi aburrida, como si lo que estaba pasando fuera algo que ya esperaba, algo que no tenía ninguna importancia.

Pero lo que más la había marcado, lo que seguía dando vueltas en su cabeza día y noche, fue ese momento breve, ese segundo que duró menos que un parpadeo, cuando sus miradas se cruzaron.

Sus ojos eran oscuros, muy oscuros, como pozos profundos donde parecía perderse toda la luz. No había miedo en ellos, ni culpa, ni arrepentimiento. Había algo más: algo frío, calculador, y a la vez… algo que no sabía definir, algo que la hizo sentir pequeña, observada, como si él pudiera ver hasta lo más profundo de sus pensamientos, aunque no se conocían de nada. En ese instante, Cassy supo que ese hombre no era como los demás. Que había algo oscuro, peligroso, escondido bajo esa apariencia tranquila. Todos decían que era alguien de quien había que huir lo más lejos posible, y ella quería creerlo, quería tenerle solo miedo… pero había algo más, una curiosidad extraña, una sensación extraña que no podía quitarse de encima, como si ese encuentro no hubiera sido una casualidad.

—¿En qué piensas, pequeña?

La voz de su padre la sacó de golpe de sus pensamientos. Levantó la vista y lo vio en la puerta de la sala, con su mochila de trabajo al hombro, la ropa un poco arrugada y esa sonrisa cansada pero dulce que siempre tenía cuando volvía a casa. Cassy parpadeó, como si despertara de un sueño, y se quitó las gafas, dejando el libro a un lado.

—En nada, papá —respondió ella, intentando sonreír—. Solo estaba pensando en la universidad, nada más.

Él entró y se sentó a su lado, dándole un abrazo suave que le dio una sensación de paz y seguridad que nadie más le daba.

—¿Ya te estás acostumbrando? —le preguntó, mirándola con atención—. Sé que todo esto es muy diferente a lo que conocías, y que al principio puede ser difícil… pero sé que tú puedes con todo. Siempre has sido muy valiente.

—No es que no me guste —dijo ella, bajando un poco la mirada—. Solo que… todo es muy grande, muy rápido. Y pasan cosas aquí que nunca pasaban en el pueblo. Cosas extrañas.

Su padre frunció el ceño, con esa preocupación que siempre aparecía en su rostro cuando ella mencionaba algo que no le parecía bien.

—¿Te ha pasado algo? ¿Alguien te ha molestado? Dímelo, y yo mismo iré a hablar con quien sea necesario, lo sabes.

—¡No, no es nada de eso! —se apresuró a decir ella, no quería que él se preocupara ni que pensara que estaba mal—. Solo… vi cómo arrestaron a un chico, el otro día, en la entrada de la facultad. Dicen que es sospechoso de haber matado a alguien. Todos hablan de él, dicen que es peligroso… y no sé, me dio miedo, eso es todo.

Su padre suspiró y le acarició la mejilla con suavidad.

—El mundo de aquí es diferente, Cassy. Hay cosas malas, gente mala, sí. Pero tú no tienes por qué acercarte a eso. Mantente con tus compañeros, estudia, haz tu vida, y aléjate de lo que te haga sentir mal o te parezca peligroso. ¿De acuerdo? No voy a permitir que nada ni nadie te haga daño.

—Lo sé, papá —respondió ella, sonriendo un poco—. No te preocupes, seré cuidadosa.

—Bien —dijo él, levantándose—. Ahora voy a cambiarme, tengo que terminar unos trabajos que me quedaron pendientes. ¿Quieres que preparemos algo de comer los dos?

—No hace falta, yo me encargo —se apresuró a decir ella—. Además, Olivia viene a verme en un rato, vamos a merendar juntas.

—Ah, tu amiga la que conociste el primer día —sonrió él—. Me parece una chica muy simpática. Qué bueno que ya tengas a alguien con quien hablar.

—Sí, es muy buena persona —confirmó Cassy—. Me ha ayudado mucho estos días, me ha enseñado todo, me ha dicho dónde están las cosas… no sé qué habría hecho sin ella.

—Eso es —le dijo él, mientras se dirigía a su habitación—. Rodéate de gente buena, hija. Eso es lo más importante.

Cassy se quedó un momento más sentada, pensando en sus palabras. Rodéate de gente buena. Era lo que ella siempre había intentado hacer, lo que su madre no había sido, lo que su padre sí era. Y aun así, su mente volvía una y otra vez a ese chico, al hombre del que todos hablaban con miedo, al que todos señalaban como alguien malvado. ¿Por qué no podía sacárselo de la cabeza? ¿Era solo miedo? ¿O había algo más, algo que ella no entendía y que le daba más miedo que cualquier otra cosa?

Sacudió la cabeza como para quitarse esos pensamientos y se levantó. Tenía que hacer algo, ocupar la mente, o se pasaría toda la tarde dándole vueltas a lo mismo. Fue a la cocina, un espacio amplio, moderno, lleno de electrodomésticos nuevos que aún no terminaba de saber usar del todo, y empezó a preparar la merienda: preparó té caliente, cortó unas rebanadas de pan, puso queso, mermelada y unas galletas que le gustaban mucho. Mientras hacía todo eso, se esforzaba por pensar en otras cosas: en las clases que tenía, en los libros que quería leer, en las cosas que quería conocer de la ciudad. Pero la imagen de él aparecía una y otra vez, como una sombra que se colaba por todos los rincones, sin que ella pudiera evitarlo.

No tardó mucho en oír el timbre de la puerta. Cassy fue a abrir y allí estaba Olivia, su nueva amiga, una chica alta, alegre, que hablaba mucho y siempre tenía una sonrisa en la cara, de esas personas que llenan cualquier lugar con solo entrar. La conoció el primer día de clases, cuando ella estaba perdida sin saber a dónde ir, y Olivia se acercó para ayudarla, y desde ese momento no se habían separado.

—¡Hola, Cassy! —saludó ella, entrando con energía y abrazándola con fuerza—. ¡Qué ganas tenía de venir! Tu casa es enorme, cada vez que entro aquí me parece que estoy en una película.

—Es muy grande, sí —reconoció Cassy, cerrando la puerta—, pero todavía me parece extraña, como si no fuera del todo nuestra. Pasa, ya preparé la merienda.

Fueron a la cocina y se sentaron a la mesa, y durante un rato hablaron de cosas sencillas: de profesores, de exámenes, de las tiendas que había por el centro, de las cosas que querían hacer los fines de semana. Pero Cassy sentía esa pregunta en la punta de la lengua, esa curiosidad que no la dejaba tranquila, y al final, cuando hicieron una pausa, no pudo evitar decirlo:

—Olivia… ¿tú sabes algo más sobre ese chico que arrestaron? El otro día, en la entrada… nadie me ha dicho cómo se llama, ni qué pasó de verdad. Todos hablan de él, pero nadie cuenta nada claro.

En cuanto habló, vio cómo la expresión de su amiga cambiaba. La sonrisa se le borró de la cara, y miró a todos lados, como si alguien pudiera escucharla, aunque estaban solas en la casa. Bajó la voz, casi hasta el susurro, como si hablar de él fuera algo peligroso.

—¿Por qué lo preguntas, Cassy? —le dijo, mirándola con ojos muy abiertos—. ¿No te han dicho que es mejor no hablar de él? Que no hay que meterse en sus asuntos.

—Es que… no puedo sacármelo de la cabeza —confesó Cassy, jugando con la taza entre sus manos—. Lo vi ese día, estaba ahí, y me dio mucho miedo… pero nadie dice lo mismo. Unos dicen una cosa, otros otra… me gustaría saber qué es lo que pasó de verdad, incluso cómo se llama.

Olivia suspiró, se inclinó hacia adelante y habló muy bajito:

—Se llama Draven. Y mira, lo que se dice es esto: hace unos días encontraron el cuerpo de un hombre en un callejón oscuro, cerca del puerto. Lo habían golpeado hasta matarlo, dicen que fue una muerte muy violenta. Y todo lo que encontraron apunta a él. Dicen que lo vieron por ahí, que tenían problemas, que siempre andan en líos… además, nadie sabe bien de dónde viene. Apareció aquí hace apenas unos meses, se inscribió en la universidad y nadie sabe nada de su familia, de su vida, de nada. Es como si hubiera aparecido de la nada.

—¿Y lo arrestaron? —preguntó Cassy, sintiendo que el corazón se le aceleraba un poco al fin saber su nombre: Draven. Era un nombre que sonaba duro, frío, que encajaba perfectamente con la imagen que tenía de él.

—Sí, lo llevaron a la comisaría —asintió Olivia—, pero… esto es lo más raro de todo. Dicen que lo soltaron al día siguiente. Que no tenían pruebas suficientes, o que alguien intervino, no se sabe bien. Pero ahí sigue, viene a clase todos los días, como si nada hubiera pasado. Y nadie se atreve a decir nada, nadie se atreve a mirarlo mal… porque todos tienen miedo. Dicen que tiene gente que lo protege, que no es alguien con quien se pueda jugar.

Se calló un momento, y luego añadió, poniendo una mano sobre la de Cassy:

—Escúchame bien, amiga. Yo sé que tú eres buena, que te gusta saber las cosas, que no te gusta juzgar a la gente sin conocerla… pero con él no puedes hacer lo mismo. Ese chico es peligroso. Hay algo en él que… no sé explicarlo. Es como si no fuera una persona normal. Si lo ves por ahí, si te lo encuentras, lo mejor que puedes hacer es cruzar al otro lado de la calle, mirar hacia otro lado y seguir tu camino. No le hables, no lo mires demasiado, no le des ninguna razón para fijarse en ti. ¿Me oyes? Porque dicen que cuando él se fija en alguien… esa persona ya no se le quita de encima.

Las palabras de Olivia cayeron sobre Cassy como cubos de agua fría. Sintió un nudo en la garganta, una sensación extraña entre el miedo y esa inquietud que no la abandonaba. Draven. El nombre le daba vueltas en la mente, junto a todo lo que acababa de escuchar.

—¿Quieres decir que… acecha a la gente? —preguntó ella, casi sin voz.

—No se sabe seguro —respondió Olivia, y su voz sonó seria, muy seria—. Nadie puede probar nada. Pero hay chicas que dicen que tienen la sensación de que alguien las sigue, de que alguien las mira, de que saben cosas sobre ellas que nadie debería saber… y todo el mundo piensa lo mismo: que es él. Pero nadie se atreve a denunciarlo, nadie se atreve a decir nada. Todos prefieren callar y mantenerse lo más lejos posible de su camino.

Cassy se quedó en silencio, mirando el vapor que salía de su taza de té. Ahora ya tenía su nombre: Draven. Y tenía también todas esas historias, todos esos rumores, todo ese miedo que flotaba a su alrededor. Pero aun así, aun sabiendo todo lo que sabía, aun sintiendo ese miedo helado que le recorría la piel, no podía evitar pensar en sus ojos oscuros, en esa calma extraña que tenía cuando lo llevaban detenido, en la sensación de que él sabía algo que los demás no sabían.

—Prométeme que tendrás cuidado —le pidió Olivia, rompiendo el silencio—. Eres nueva aquí, no conoces cómo son las cosas, y tú eres demasiado buena, demasiado confiada… no quiero que te pase nada malo.

—Te lo prometo —susurró Cassy, aunque en el fondo, en ese rincón oscuro de su mente que no podía controlar, sentía que ya era demasiado tarde para promesas. Porque desde el momento en que sus miradas se cruzaron, sentía que algo había cambiado, que una puerta se había abierto y que, quisiera o no, ya no podía volver atrás.

Fuera, el sol empezaba a esconderse, y las sombras se alargaban por las calles de la ciudad. Y aunque Cassy no lo sabía, en ese momento, en algún lugar entre todas esas sombras, unos ojos oscuros la estaban mirando.

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