El silencio que cayó sobre ellos tras aquellas palabras pesaba como plomo, tan denso que casi podía palparse en el aire tibio de la habitación. Cassy permanecía inmóvil bajo la figura imponente de Draven, sintiendo cómo su corazón golpeaba desbocado contra sus costillas, un ritmo frenético que se mezclaba con el latigazo de su propia respiración entrecortada. Él no se movía ni un milímetro; sus ojos grises, ahora oscurecidos por la dilatación de las pupilas y el fuego del deseo, la recorrían co